Colombia actualmente vive un conflicto. Unos, como el presidente Uribe, se niegan a creer que éste existe, llamando al problema como una amenaza terrorista, refiriéndose ―sobre todo―a las Farc; otros, como este grupo ―narco―terrorista, aseguran que Colombia vive una guerra entre el Estado y el Pueblo, algo así como una guerra civil. Hay que dejar algo claro acá: ni lo uno ni lo otro. Si bien las Farc tienen todo para ser llamadas terroristas, por el hecho de secuestrar CIVILES, reclutar niños y cometer atentados terroristas; también hay que aceptar que hay un conflicto, entre ese grupo terrorista y el Ejército Nacional. Pero las Farc no pueden agarrarse de ese evidente conflicto para asegurar que ellas representan al pueblo y decir que el Estado está en contra de éste. Claro, ha habido episodios que han dado para pensar que eso podría ser cierto, como el exterminio de la Unión Patriótica o los falsos positivos, pero ¿qué porcentaje de las Fuerzas Armadas se ha aliado con los paramilitares?, ¿qué porcentaje de las Fuerzas Armadas participó en los falsos positivos?, ¿cuántos militares combatían a la guerrilla y al narcotráfico, mientras unos pocos se dedicaban a matar a todo lo que oliera a izquierda a finales de los 80 y comienzos de los 90? Por esto, porque no es una práctica generalizada del Ejército el meterse con la población civil, es que tienen legitimidad, algo que las Farc nunca obtendrán mientras sigan teniendo gente encadenada en la selva, diciendo que son prisioneros de guerra. Sin embargo, no es ésta la única razón por la que las Farc deberían dejar a un lado las armas y convertirse en un alternativa democrática.
La práctica del secuestro es suficiente para decir que las Farc son terroristas

