23 de febrero de 2012

Medímetros

En las llamadas crisis de escritor, que en resumidas cuentas implican no tener ninguna mierda para pasar de la cabeza al teclado, surgen ideas tontas que se disfrazan de un aire de profundidad. Ésta es una de ellas, y antes de explicarla, voy a contar la manera simple en qué me llegó a la mente. Primero recordé que mi colega, Daniel Afanador, me invitó a escribir para celebrar la entrada número 25 mil de su blog, y he aquí el producto de esa invitación. 
Por Jorge Andrés Santos (@RinconDeSantos)

Sin nada todavía en mente para atender a mi deber, caí en la cuenta de que 25 mil visitas era un suma considerable ¿cuántas tenía mi blog? 11 mil 'y pico’, vi en las  estadísticas y pensé que la cifra era vergonzosa. Supe muy fácilmente que tengo una obsesión marcada por la medición de la vida. Pero no es mi obsesión, sino nuestra obsesión, un impulso social que estandariza por escalas todo lo que se puede medir (y también lo que no).

Por eso los hombres nos medimos el pene: 11 y pico no es un buen número, pero 25 sí que lo es. Las mujeres se miden las tetas y el abdomen, buscando un  gran número en las primeras y uno pequeño en el segundo. Si los números son múltiplos de cinco, mejor: así la gente dirá que bajó diez kilos cuando la báscula marcó 8.5. Diez es número para alguien delgado, pero ¿8.5? ¡Es absurdo! Ese es el dígito de un gordo que se rindió y que pronto volverá a su peso anterior.

Mido también mi promedio académico (o me lo miden, porque yo no me tomaría la molestia de sumar y dividir). De todas formas ahí está, dejando un mensaje cada semestre: 4.3 (“pudiste haber dado más”); 4.5 (“has tenido un muy buen rendimiento”) 4.9 (“¡Qué!” Todo estudiante se ofende ante calificación tal, es símbolo de negligencia profesoral, o si no de un fracaso, una victoria reprimida; al fin y al cabo no es múltiplo de 5).

¿Qué pasa cuando no hay medida aparente? Surge la incómoda raíz de entrevista trillada: “De uno a diez…”, “de uno cinco…”. Y una mujer en su Facebook, semidesnuda y provocativa pregunta qué nota le darían en una escala de uno a diez. No creo que se mida así la excitación, ni mucho menos el impulsivo deseo de saltar sobre una pantalla, pero sí de dar respuesta a la pregunta se trata, no hay que decir “13”, porque a pesar de ser un número superior a la escala, siempre será ofensivo ante los opulentos “100”, “1000”, “10000000 te amo”.

Con los sabores es lo mismo. ¿Qué nota se le pone a una crema de Whiskey, con su hostigante comienzo en la boca, pero su suave y exquisito recuerdo en el paladar? ¿Dos notas estaría bien? 5 al comienzo y 10 al final, promediamos y… ¡Carajo, qué clase de nota es esa!

Las escalas, al igual que esta entrada, no tienen  nada de filosófico ni profundo. Son números que hacen creer que uno es esto o aquello, bueno o malo, mejor o peor. No tienen metas, siempre habrá un pero implícito (incluso en la máxima calificación). Pero estas hacen parte de una obsesión absurda con la que cargo  y cargamos.

Agradezco a Daniel Afanador, y su visitante 25.000, por mostrarme las ansias de comparación y medición  que hay detrás de éste y otros números. Pero felicito a su visitante 24.999, porque de nada vale haberme regado en pseudo-reflexiones si no dejo al final esta pequeña ruptura.

Nota del editor: Jorge Santos fue uno de los primeros blogueros que conocí en Colombia, en una de esas épocas en que a una persona que común y corriente que utilizara Internet para revisar el correo y chatear hubiera dicho: "WTF! ¿Qué es un blog?" Seguramente a finales de 2007 y comienzos de 2008 ya había muchos pero uno a veces necesita el impulso de alguien cercano para comenzar algo.

Imagen propiedad de Cathlon

1 comentario :

Anónimo dijo...

Jajajaja... Muy bueno y muy cierto. estamos acostumbrado a cuantificar la vida