26 de diciembre de 2014

¿Qué tan difícil es aprender portugués?

Hace casi 2 años que empecé a estudiar portugués. Todo comenzó cuando compré un libro de bolsillo que se llamaba algo así como "aprende portugués en 15 días". Por supuesto, aunque yo sabía que lo que prometía el título era prácticamente imposible, lo hacía porque quería aprender un vocabulario básico, antes de meterme en un curso que duraba casi 1 año. En ese momento yo no sabía una sola palabra. De hecho, estuve varias veces en medio de una conversación de gente hablando en portugués sin entender nada. E incluso, una de mis bandas favoritas era de Curitiba, y yo no entendia nada más allá del título de las canciones. Pero aun así, hoy creo que si alguien que no sabe pone un canal de noticias, como Globo, Band o RTP, en los que se habla más despacio y con un acentro más "neutro", da para entender un 50%, pues el otro 50% tiene palabras, expresiones y elementos gramaticales que no se parecen en nada a los que nosotros utilizamos en español.

Mi primera motivación para aprender portugués era el irme algún día del país para estudiar en Brasil (historia completa, aquí). Sabía que para eso necesitaba el idioma y eso me abriría muchas puertas. Piensen en lo siguiente: si quisieran irse a España o a Argentina en busca de una oportunidad X, ¿contra cuánta gente que habla su mismo idioma estarían compitiendo? En cambio, miren Brasil, la barrera del idioma funciona como un filtro y hace que llegue mucha menos gente a disputarse las oportunidades que hay. Y esa fue la oportunidad que yo vi. 

Desde entonces, pasé casi 1 año metido en un salón de clases estudiando de la forma tradicional, y otro año poniendo en práctica todo y tratando de agarrar el acento que se habla en Sao Paulo, pues aunque no sueno como un nativo, ya perdí el acento rolo que tanto nos caracteriza a los que somos de Bogotá cuando hablamos en cualquier idioma. Ahora que llevo 2 años metido en esto (porque uno nunca termina de aprender), creo que vale la pena hacer un balance y pensar en qué tan difícil ha sido aprender.

19 de diciembre de 2014

Usuarios, contraseñas y verificación de dos pasos

Si hay algo que poco o nada ha cambiado en los últimos 20 años en Internet, quizás sea la forma como accedemos a todos los sitios donde alguna vez nos hayamos creado una cuenta. Se trata de un proceso simple y aparantemente "seguro" en el que simplemente tenemos que ingresar un usuario y una contraseña que solo nosotros deberíamos saber. "Seguro", entre comillas, porque a veces uno puede llegar a crearse cuentas que sean blindadas contra uno mismo. ¿No les ha pasado que no pueden ingresar a un sitio porque no saben con cuál cuenta de correo se registraron?, o quizás porque normalmente su nombre de usuario lo escriben con guion al piso (_), pero a alguien se le ocurrió que en su sitio solo era válido utilizar letras y números. Y hay otras veces en que, nuevamente, por seguridad, piden que la contraseña tenga tantos requisitos, que acaba hasta por ser imposible recordar una contraseña de 20 caracteres, que necesariamente debía llevar mayúsculas, minúsculas y números. Cuando esto pasa, suele ser hasta más rápido dar click en el botón de 'olvidé mi contraseña' para reestablecerla, que intentar probar una por una todas las que uno cree tener.

Yo he creado tantas cuentas en sitios en Internet, que me di cuenta de que todo esto era un problema y lo que acabé haciendo fue crear un archivo de texto que tengo guardado en algún lugar y en el que tengo registrados muchos sitios en los que me he registrado en los últimos 2 años, el nombre de usuario que utilicé (o si fue una dirección de correo) y al final tengo una pista de cuál fue la contraseña que utilicé (no soy tan idiota de escribir la contraseña completa en un archivo de texto que podría  caer en manos equivocadas). Con esto, si no estoy seguro de cómo ingresar a un sitio, busco este archivo y se acabó.

Hay otra solución más cómoda llamada LastPass, que aunque tiene aplicación móvil, hasta ahora solo la he utilizado en Google Chrome. La idea consiste en que solo debemos recordar una única contraseña: la de LastPass. Todas las demás, quedarán almacenadas por el servicio y funciona así: ¿entras a Gmail todos los días? La primera vez el servicio te preguntará si quieres que este usuario y contraseña sean recordados de ahora en adelante, y la próxima vez ya no te pedirá nada porque los campos ya estarán completados. Y lo mejor es que, al menos con Google Chrome, como uno tiene una cuenta única para varios dispositivos, las contraseñas irán quedando almacenadas en los equipos que uno utilice: el de la casa y el de la oficina básicamente.


12 de diciembre de 2014

Una crisis de creatividad

(Este post lo escribí hace varias semanas y lo dejé sin publicar para cuando tuviera una crisis de creatividad)

En lo que va del año, si alguien ha sido juicioso leyendo este blog cada viernes, seguramente se habrán dado cuenta de un par de semanas en las que la calidad de las entradas que escribí quizás no fueron tan buenas como me hubiera gustado, o como afortunadamente después volvieron a ser. No quiero hacer referencia a ningún post en cuestión, y solo les dejo la inquietud, porque mientras escribo esto con toda la fluidez que me lo puedo permitir, tengo en otra pestaña del navegador un ensayo escrito a medias en el que no logro avanzar y al que no me llegan las ideas para terminarlo.

Aunque me gusta escribir, no soy bueno escribiendo cualquier cosa. Siempre he dicho medio en broma que uno de mis sueños frustrados fue no haber sido guionista de una serie de televisión. Si lo piensan bien, debe ser lo más difícil del mundo, más que ser médico. No se trata solo de escribir chistes en situaciones que entienda todo el mundo, sino que hay que manejar un lenguaje que no puede ser pesado ni ofender a nadie, que es como la mayoría de las bromas de nuestra vida cotidiana se hacen entender. Pero al mismo tiempo debe ser algo tan bueno, que a los anunciantes les llame la atención pautar. Y esto solo se consigue si el gran público logra encontrar divertido lo que ven. Seinfeld, por ejemplo, ha llegado a ser catalogada como la mejor serie de la historia de la televisión porque tocaba temas hasta entonces prohibidos y al mismo tiempo no ofender a nadie.

Digo lo anterior porque si me dijeran que escribiera el guion del episodio piloto de un programa de televisión, no sería capaz de hacerlo. Pero tampoco soy capaz de escribir otro tipo de textos: ni poesía, ni cuentos, ni crónicas. Creo que lo mejor que puedo hacer son textos en los que expongo mi punto de vista o en los que explico cómo funciona algo, pero en ambos casos tengo que tener muy claro todo lo que quiero exponer. A esto habría que sumarle un elemento de creatividad. Todo este proceso de escritura no es posible si no hay creatividad de por medio.

En ese proceso de creatividad, además, simplemente no puedo planear como lo hace mucha gente de hacer una megaestructura o mapa mental con la idea central en toda la mitad de lo que se va a tratar el texto, y de ahí empezar a desprender líneas hacia los lados con ideas secundarias de argumentos que podrían servir. En mi caso es algo espontáneo, y cuando tengo una hoja en blanco al frente, no para escribir algo, sino para planear lo que voy a decir, lo que consigo es que mi mente también se quede en blanco. Lo más fácil, al menos para mí, es empezar a escribir así sepa que es algo malo. Lo más probable es que si es realmente malo lo termine borrando o no publicando.

Otra cosa es que creo que la creatividad necesita estimulación. Ya he hablado aquí de que si uno va a hacer algo, lo que sea, uno se debería alejar de todos los factores de distracción que nos puedan llegar a interrumpir como las notificaciones del celular o simplemente Facebook. No obstante, yo no soy capaz de sentarme al frente del computador para escribir y pretender que nada me va a distraer. Creo que mi mente necesita estimulación, y eso es lo que me lleva estar abriendo blogs, YouTube, Google Analytics, LinkedIn...todo lo que se me ocurra lo termino abriendo y de alguna manera las ideas siguen llegando. A veces esas ideas pueden ser algo tan simple como decir algo de esta forma y no de otra.

Estos días hablé sobre esto con alguien que me preguntó si yo publicaba todo tal cual como se me ocurría, o si yo reviso antes de tener una versión final de lo que escribo. Parece obvia la respuesta, pero uno podría tener un estilo más espontáneo y tratar de conservarlo a como dé lugar y dejar pasar hasta los errores del teclado. A veces me pasa y me convenzo de que quedó bien lo que escribí (así en el fondo yo sepa que no) y ni lo reviso. Otras veces por pereza, y pasa que hasta cosas que escribí hace años las vuelvo a leer y les encuentro errores. Cuando escribo en el blog es menos común que eso pase, ya que antes de dar click en el botón de 'Publicar' más que revisar, miro si hay algún lugar donde pueda poner algún enlace para ampliar hacia más información, y ahí acabo por leer todo de nuevo.

Volviendo a nuestro tema central, creo que la creatividad solo funciona por sí sola. Si a la creatividad se le mete presión o ideas externas ajenas a uno, el resultado no solo comienza a ser diferente, sino que con seguridad tenderá a empeorar. Eso es lo que me pasó en ese período de tiempo en el que escribí unos posts no tan buenos. Tenía tantas cosas que hacer, y me quedaba tan poco tiempo para dedicarle al blog, que al final terminaba al frente del computador más por la presión de que debía escribir algo sí o sí, que había veces en que no tenía idea ni de qué iba a escribir.

Este post en cambio, o los de las últimas semanas, son escritos con algo más de calma. Normalmente me siento apenas con una idea vaga en la cabeza, algunas cosas que he leído en los últimos días y termino escribiendo posts tan completos y bien explicados como el de la semana pasada. A veces al final ni siquiera tengo en cuenta esa idea inicial con la que decidí empezar y termino hablando de cosas relacionadas.

Mientras escribo esto, en la otra pestaña del navegador se supone que escriba un ensayo en portugués sobre una película (la del vídeo). Lo que sucedió fue que vi la película, escribí página y media y ahí se me acabaron las ideas. No sabía qué más decir, además de que hacía años no escribía un ensayo. Tuve que dejar reposar lo que había escrito casi durante una semana para ver si se me ocurría algo nuevo y apenas me dio para escribir hoy otra media página, y ahí voy.


5 de diciembre de 2014

De cómo la tecnología está cambiando la industria del turismo

Hoy muchos no hablan de turismo, hablan de viajes, y viajar se convirtió en parte de nuestras vidas. A diferencia de generaciones pasadas, en que la experiencia de conocer otras culturas estaba limitada a las familias más ricas, o quizás en el mejor de los casos a las familias de los empleados de las aerolíneas, hoy viajar ya no es una experiencia tan lejana. Hago mención a la industria del turismo y la diferencio de la industria de los viajes por una razón, y es que ese lugar privilegiado donde se compraban los paquetes de vacaciones, tiquetes aéreos y noches de hotel, mejor conocido como agencia de viajes, y alrededor del cual giraba la industria del turismo, ha perdido gran parte su poder. Tanto, que hoy sus clientes más fieles son empresas o grupos muy grandes de personas que por logística no pueden por su cuenta hacer un alto número de reservaciones.

Por otro lado, lo que eran familias y viajes individuales se han ido yendo, y lo seguirán haciendo. Muchos se han ido dando cuenta de que podían organizar viajes por cuenta propia, y que no le tenían que pagar una comisión a una agencia que por lo general ya vendía todo dentro de un paquete a precios atractivos. Y lo son, no lo dudo, pues aun siguen manejando un grueso de clientes que les permite tener acceso a descuentos a los que una persona individual no. Sin embargo, lo que ha venido pasando es que el poder de la información, que antes estaba concentrado en las agencias, se ha venido liberando y ha pasado directamente a los usuarios u otros servicios que por comisiones menores buscan entregarle el poder al cliente final.

Para explicar lo anterior, pensemos en lo siguiente. Si hasta hace poco la única manera de comprar un tiquete para cualquier lugar del mundo era en una agencia, todo comenzó a cambiar cuando se abrió la compra de pasajes aéreos por Internet por parte de las mismas aerolíneas, momento en el que se eliminaron intermediarios, y el usuario final pudo ver con sus propios ojos el precio real de lo que hasta hace poco le ofrecían. Vale la pena aclarar que todo esto tenía sentido ya que hace unas décadas no estaban sistematizados todos los vuelos del mundo. Así, si queríamos ir a Berlín dentro de 1 año, era una un agente de viajes el que tenía que ir a investigar entre un montón de documentos qué aerolíneas tenían esa ruta y esperar que hubiera cupos de acuerdo con lo que ya habían ofrecido las otras empresas, proceso que por supuesto no era inmediato.

Hoy, en cambio, con solo unos clicks podemos saber no solo si la fecha que tenemos pensada para dentro de 1 año es posible o no, sino que podemos ver horarios, escalas y hasta qué nos van a dar de comer en el avión, y todo gracias a que el poder de la información fue transferido para los clientes finales. Y, con esto, hubo también un cambio en la oferta: si antes nos ofrecían solo las compañías con las que nuestro agente tuviera tarifas preferenciales, hoy podemos comprar vuelos hasta en un país en el que no estamos y a precios ridículamente bajos.

No obstante, esto ha traído una serie de inconvenientes por parte de aerolíneas que quieren aumentar su margen de ganancia a costa de ofrecer, en algunos casos, malas experiencias a sus clientes. Ya hemos escuchado hablar de vuelos sobrevendidos, de tarifas adicionales injustificadas, de mala atención al cliente o empresas que no saben diferenciar entre primera clase y ejecutiva. Pero, en fin, problemas con los clientes hay en todas las industrias: bancos, telefonía celular, aseguradoras, empresas de Internet, etc.

Bajo todo este panorama se ha ido desarrollando, paralelo a la tradicional industria del turismo, la industria de los viajes, que a mi modo de ver es la entrega del poder al cliente final. Ya hablamos aquí de Airbnb y CouchSurfing, las más conocidas y a mi modo de ver y que son las que lideran este movimiento de, como dijo Hernán Casciari alguna vez, matar al intermediario. Pero ya antes de eso existía Despegar/Decolar o Skyscanner para comparar precios de todas las aerolíneas y no hacerlo una a una, y si queríamos al final comprábamos. Hay hasta una empresa que hace lo mismo pero para viajes en autobús.