28 de noviembre de 2014

Sistemas de pago, tarjetas y dinero en efectivo

Hace poco leí que en Suecia está prácticamente desterrado el dinero en efectivo, que todo se paga con tarjeta crédito o débito. Para mí, que soy de Colombia, se me hace un poco extraño. Uno está acostumbrado a andar con billetes, monedas e a ir al cajero cada vez que se acabe el dinero. Claro que hay tarjetas, pero no todo el mundo tiene una o así tuvieran muchos prefieren seguir pagando en dinero impreso. Es fácil, por un lado, porque los precios son cerrados en cuanto a que los precios por lo general están ajustados a los valores de los billetes y las monedas que existen. Es decir, que una compra en el supermercado que cueste $10.750 pesos colombianos, uno paga con un billete de $10.000 y un par de monedas que van a sumar $750 pesos. Nunca muy rara vez el total va a dar $10.746 pesos o algo así.

Pero además de fácil, muchas veces es necesario, pues ni siquiera en Bogotá que es capital es que haya datáfonos en todos lados. Por lo general esto es un servicio que solo ofrecen los grandes almacenes, cadenas de restaurantes o tiendas de marca, donde es más común pagar con tarjeta, más que todo porque es práctico y seguro. Si, por ejemplo, voy a hacer una compra grande, vamos a decir, un televisor que cuesta $4.000.000 de pesos (como $2.000 dólares), y tengo el dinero, lo más seguro es que esté guardado en el banco. O si no lo tengo, también puedo hacer la compra y pagar a cuotas. Con tarjeta en ambos casos.

Pero el tema es diferente en tiendas de barrio o ventas en la calle, ya que no hay datáfonos, y así hubiera, no sería práctico porque el vendedor debe pagar una comisión por el uso del aparato. Además, en Colombia todo el mundo carga dinero en el bolsillo, y a nadie se le pasa por la cabeza pagar de una manera diferente en estas situaciones. Lo más parecido que llegué a ver fue a un amigo mío que pagaba una cajita feliz de McDonalds con tarjeta a 36 meses, y haciendo cuentas terminaba pagando como 3 veces esa compra.

Pero no hay que ir muy lejos para ver que no en todo el mundo es así. Solo es entrar a cualquier sitio de comercio electrónico en Internet, y lo más seguro es que toque usar tarjeta. Aunque vale la pena mencionar que muchas de las plataformas de pago soportadas por estos sitios también dan la opción de imprimir un boleto e ir a consignar a un banco o hacer un giro, el punto es que hoy en el mundo es cada vez más común pagar con tarjeta en vez de dinero en efectivo.

Cuando viví en Estados Unidos no lo entendía muy bien. Todos usaban tarjeta, pero me daba la impresión (y yo estaba convencido) de que todas eran de crédito. Entonces me parecía inviable pensar que la gente pidiera dinero prestado al banco hasta para pagar un café. Luego alguien me explicó que había 2 tipos de tarjeta (por supuesto, yo no tenía que saberlo todo), pero aun así seguía sin verle lógica a hacer pequeños pagos en plástico y no en dinero.

Todo lo empecé a entender un poco mejor en Brasil, pues es un país muy parecido a Colombia en cuanto a su realidad y problemas sociales. Para que sea fácil de entender, no hay mucha diferencia entre Bogotá y Sao Paulo o Medellín y Belo Horizonte, más allá del idioma. En las 2 primeras todo el mundo anda ocupado y sin tiempo, mientras que en las 2 últimas todo el mundo es muy amable. Además de eso, es normal que en cualquier ciudad de ambos países haya problemas de seguridad o de corrupción en todos los niveles del Gobierno. Sin embargo, una gran diferencia es la bancarización, pues al igual que Suecia, el país con el que comencé este artículo, es poco común pagar en dinero y preferir hacerlo en tarjeta.

Una de las razones, entre muchas que seguramente no podré abordar en este artículo, es que es común que los empleados en muchas empresas reciban, además de su salario, un bono de alimentación. En Colombia, algunas compañías utilizan los bonos Sodexo, que son aceptados en bares, restaurantes y supermercados. En Brasil, en vez de bonos, prefieren entregar parte del sueldo en una tarjeta que se puede usar en la función de crédito y en donde viene cargado el equivalente a almuerzo y transporte de todo 1 mes.

¿Por qué hacen esto? Simplemente para pagar menos impuestos por cada empleado, que en Brasil y en Colombia son muy altos, y esta es una forma de que duela menos. No voy a opinar al respecto, pero puedo afirmar que si yo recibiera parte de mi salario de esta manera, y fuera a comer a algún lugar, pero no puedo usar tarjeta, lo más seguro es que no regrese la próxima vez y ellos hayan perdido un cliente.

En Brasil lo entendieron así hace años, y es común ir a una panadería, a una papelería o simplemente ver un vendedor de artesanías en la calle con datáfono. Ellos tienen claro que no ofrecer alternativas de pago es perder un cliente, y esto es mucho más que la comisión mensual o porcentual que le tienen que pagar a la compañía que alquila los datáfonos.

Entre otras cosas, todo esto hace parte de una política que viene desde el Banco Central para disminuir la circulación del papel moneda y al mismo tiempo reducir la inseguridad y los costos del sector financiero, lo que no obstante puede ser un problema en cuanto a que puede subir la inflación. El hecho de que todo el mundo ande con una tarjeta de crédito (no solo con las tarjetas de comer y transporte que mencioné más arriba) hace que haya más dinero circulando y esto en efecto genera inflación. Por eso es que mientras en Colombia los intereses por tarjeta de crédito no pasan del 30% anual, en Brasil son de más del 250%.

Un efecto que todo lo anterior causa es que si en el día a día se usa tarjeta en vez de dinero, comienza a haber escasez de monedas. He llegado incluso a ver supermercados en los que les piden a los clientes que, si van a pagar con dinero en efectivo, lo hagan con la cantidad exacta, porque no hay cambio, y lo que acaba por suceder es que uno termina perdiendo a cuentagotas un par de reales al año, porque si algo cuesta R$2.90, pero no tienen cambio de 10 centavos, uno los cede, al tiempo que las pocas monedas que uno consigue van para la alcancía, y puede pasar como en Bogotá, donde ya empezó a haber escasez de monedas.

Lo bueno de lo anterior es que, si algo cuesta X,99 centavos, ya sabemos que ese centavo restante está en nuestra cuenta y no se desapareció (ni se lo dimos a una fundación para ayudar a los niños pobres a alguien a evadir impuestos). En últimas, todo esto hace más prácticas las transacciones que hacemos todos los días, y nos ayuda a llevar un control del gasto, pues va a haber un estracto en el que quedan registrados todos nuestros movimientos (hasta un jugo en la playa).

Todo este escenario lo han venido aprovechando empresas que quieren quedarse con una minúscula porción de la torta. La cuestión es que si se generan millones de transacciones al día, y la gente dejase cada vez más de usar el dinero, esa porción pasa a representar una parte significativa de ganancias para cualquier compañía. Quizás los ejemplos que más hemos escuchado hablar en los últimos días sean Apple Pay y Google Wallet, que cobran una comisión por dejar hacer pagos pasando el celular por una terminal NFC, lo cual ha permitido que ambas plataformas vieran un incremento en su uso.


20 de noviembre de 2014

Por fin...el verdadero precio de los celulares

A modo de continuación de la entrada de hace 15 días, pero también a modo de opinión de un vídeo de la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) que está circulando desde la semana pasada sobre por qué los celulares son tan caros en Colombia (lo encuentran al final del post), quiero hablar sobre algo que yo llevo diciendo desde hace casi 2 años: que comprar celulares con contrato es casi un robo a mano armada un robo. Las recientes medidas tomadas por el Gobierno de eliminar las cláusulas no les han caído nada bien a los operadores ni a los fabricantes, que aunque no han revelado cifras, alguien que trabaja en el medio me comentó que las ventas se les cayeron desde que entró a regir la medida.

Y cómo no se iban a caer las ventas si durante casi 20 años desde que los celulares se empezaron a masificar se malacostumbraron a un modelo de negocio que era inviable y que se les iba a caer en algún momento. Por supuesto era inviable inflar los precios de los productos y pretender que nadie se iba a dar cuenta solo porque el primer pago podía equivaler algunas veces a 0 pesos y el precio final lo diferían a 24 cuotas que se confundían con un plan de minutos/datos ilimitados.

Era solo cuestión de tiempo para que los usuarios más juiciosos hicieran cuentas con calculadora en mano y se dieran cuenta de que les salía mejor comprar libre y contratar plan por separado. Pero es en eso también se dispararon en el pie operadores porque hasta hace poco les decían a los fabricantes: "yo le compro 1 millón de teléfonos YA, pero usted no le puede vender ni a almacenes ni a otros operadores", y la contrapropuesta del fabricante era: "perfecto, pero usted no puede vender referencias de nuestra competencia". Eso explica por qué algunos celulares nunca llegaron al país. En Colombia nunca llegué a ver, por ejemplo, un HTC, una compañía que en su momento fue la primera en apostar por Android y que en Estados Unidos le compite a Samsung, a LG o a Sony.

Eso también explica por qué nunca llegamos a ver la serie Nexus de Google en Colombia. A LG y a Samsung no les convenía ofrecer un celular que no era 100% de ellos, con el que tendrían que compartir el crédito y que a pesar de ser mejor era más barato que un LG G o un Samsung Galaxy, sus buques insignias. Así pues, terminaron por limitar el mercado y la libertad de los usuarios.

Con lo que no contaban era con que iba a llegar el momento en que los iban a obligar a vender teléfonos libres y que cualquiera lo iba a poder hacer. Eso abrió la competencia que antes estaba cerrada entre operadores para que entraran tiendas de cadena y sitios por Internet de dentro y fuera del país. Y con esto hemos podido ver el verdadero precio de los celulares. Ya nadie se va a creer que un celular vale $100.000 pesos o $50 dólares porque no hay contrato que pueda engañarnos. Y si nos llegan a ofrecer un celular barato, habrá que ver si se trata de un modelo antiguo, si nos lo están metiendo a un número absurdo de cuotas, o, peor aún, si es robado.

Llama la atención que Nokia y Motorola, 2 de las empresas con más trayectoria en el mercado de celulares, hayan sido las que (junto a otras chinas que no vienen al caso) nunca descuidaron el segmento de los precios bajos, es decir de los celulares gama media y baja, dirigidos a quienes sabiendo que los celulares gama alta no son baratos, aun así querían un celular decente. Y ahí estaban Nokia y Motorola.

Creo que las operadoras y los fabricantes no están felices con el vídeo revelado por la CRC la semana pasada porque puso al descubierto su oscuro negocio. Pero más que buscar culpables lo que deben hacer ahora es reacomodarse al mercado que durante 20 años intentaron controlar a su antojo sin que nadie se metiera.

14 de noviembre de 2014

Recuerdos de Brasil: Río de Janeiro

Casi que acabo de llegar de Río de Janeiro. Es jueves en la noche, pero llegué ayer miércoles a las 4 de la mañana en un viaje de 6 horas en autobús hacia Sao Paulo. Un viaje agotador, pues son un par de horas en las que lo máximo que uno puede hacer es pararse para caminar en un pasillo. O si no, quedarse sentado y ver lo que pasa por la ventana hasta quedar dormido. Antes de eso, mientras uno sale de la ciudad son kilómetros y kilómetros de una autopista con favelas a los lados, pues Río de Janeiro cuenta con algo más de 6 millones de habitantes y 760 favelas donde vive cerca del 20% de la población.

Si bien es recomendable no entrar bajo ninguna circunstancia a una favela en Río de Janeiro (dicen que es similar a ir a la selva. Allá nadie te va a defender), el simple hecho de conocer y caminar por la ciudad lo lleva a uno a descubrir la otra ciudad, la que a pesar de estar a pocas cuadras de Copacabana e Ipanema, es hogar de miles de familias que llegan del todo el país en busca de una oportunidad, y al mismo tiempo refugio de algunos de los grupos criminales más peligrosos de todo Brasil. En otras palabras, son zonas en las que ni el Estado ni la policía muchas veces tienen el control, un fenómeno que nosotros mismos tenemos en Colombia tanto dentro como fuera de las ciudades, donde guerrilla, paramilitares y grupos criminales controlan sus propios territorios.

Así pues, estuve en Rió de Janeiro con mis padres, que vinieron a visitarme a Brasil. Estábamos ubicados en un apartamento que encontramos en Airbnb localizado en Copacabana, una de las zonas más turísticas y al mismo tiempo más caras no solo de la ciudad, ni de Brasil, sino del mundo en cuanto a costo de vida. Lo bueno de Airbnb (y CouchSurfing también) es que uno escapa de los absurdos costos de los hoteles, donde una noche en el Copacabana Palace puede costar $900 dólares. Y además de esto, como ya lo mencioné una vez, buscar este tipo de alojamientos le permite a uno ver el lado de la ciudad que sus habitantes experimentan todos los días, y hace que uno salga de las burbujas en las que muchas veces la industria del turismo lo mantiene a uno dentro de un hotel sin que uno interactúe con ningún extraño.

Gracias a esto, uno puede ir a sitios turísticos como el Cristo Redentor, el Maracaná o las escaleras de Selarón por cuenta propia, o enterarse de que Flamengo y Botafogo, más que equipos de fútbol, son zonas de la ciudad. Ir al centro, donde se mueve un comerio de productos baratos, y en donde hasta los vendedores en la calle aceptan tarjeta de crédito, o ir a correr por la playa, o a simplemente tomar el sol. Todos estos, planes gratuitos o al menos muy baratos, permiten que uno se pueda dar uno que otro gusto y pagar más por alguna comida que valga la pena. Yo recomiendo la feijoada, un plato de fríjoles y carne de cerdo muy popular en todo Brasil.


Siempre que voy a una nueva ciudad me pregunto: ¿yo podría vivir aquí? En Washington yo pensaba que sí, Nueva York me parecía muy congestionada y en Sao Paulo llevo 10 meses haciéndome esa pregunta y todavía no lo sé. En cuanto a Río, es el total contrario de lo que estoy acostumbrado con Bogotá o Sao Paulo: ciudades caóticas en donde todo el mundo está estresado y sin tiempo para hacer nada. Y aunque 4 días no son nada para conocer una ciudad y saber si uno quisiera vivir allí, al menos sí se siente un ambiente más relajado. El hecho de poder ir a la playa cuando uno quiera (después del trabajo todos los días, por ejemplo), dan ganas de vivir en un lugar así, ¿no? Bueno, al menos en la zona sur donde es más tranquilo y los criminales están a raya para que no espanten a los turistas. No creo que nadie quiera vivir en la zona norte de Río de Janeiro, con la que empecé este artículo.

Hasta antes de ir a Río, era muy poco lo que sabía de esta ciudad. Sabía que uno de mis equipos favoritos, Fluminense, era de allá. Sabía mucho de lo que acontece detrás de las favelas gracias a Tropa de Élite (una de mis películas favoritas). Sabía que Copacabana e Ipanema eran unas playas, que había un Cristo gigante. Sabía que en Río estaba la primera tienda Apple de Latinoamérica, y que tenían un sistema de metro que da pena no es muy grande como el de otras ciudades. Hay muchas cosas más que llegué a conocer, pero que en un artículo tan pequeño como este no conseguiría abordar.

7 de noviembre de 2014

El frágil poder de las empresas de telefonía móvil

Pocas empresas pueden ser tan susceptibles al mercado, y al mismo tiempo acumular un poder tan grande de la forma en que lo hacen las empresas de telefonía móvil. Mientras entre 4 o 5 marcas pueden tener el monopolio de las comunicaciones dentro de un país, ninguna de ellas está a salvo de las regulaciones de los gobiernos o de la molestia de los usuarios, que hoy por hoy pueden cambiar de una empresa a otra con una simple llamada. Hasta hace poco, estos gigantes como Claro, Telefónica, Nextel, T-Com, Verizon y otros más se podían dar el lujo de engañar a sus propios usuarios haciéndoles creer que si firmaban un contrato a 12 o 24 meses estaban haciendo un gran negocio porque podían sacar teléfonos recién lanzados por menos de $1 dólar. Utilizaban contratos de 10 hojas con letra diminuta y recurrían a promesas tan idiotas como "Internet ilimitado" o "llamadas gratis al mismo operador", cuando en realidad abrir una página es cuestión de unos cuantos kilobytes y llamar entre un operador u otro no es que les cueste más a ellos.

Durante muchos años caímos en el juego de las empresas de telefonía celular, no solo en el sentido de firmar contratos por voluntad propia, aceptando estos servicios que no entedíamos cómo funcionaban, sino de permitir que nos ofrecieran y nos cobraran por servicios que nunca habíamos solicitado. Así terminábamos pagando no solo por el celular que nos estaban, según ellos, "subsidiando", sino que acabábamos al cabo de 2 años por pagar hasta 3 veces ese celular que para cuando hubiéramos acabado de pagar ya sería una antigüedad. Lo peor de todo era cuando se lavaban las manos diciendo que su negocio no era vender celulares.

Para entonces no solo no entendíamos cómo funcionaban los contratos que firmábamos, sino que estas empresas a las que les pagábamos por un servicio podían fácilmente reírse en nuestra cara cada vez que llamáramos a hacer un reclamo sobre una llamada caída o algún eventual problema con nuestro plan de datos. A ellos les daba igual, pues era más barato dejar que el cliente se quejara. De todas formas esto no les costaba nada, mientras que instalar más antenas para mejorar la señal, o contratar más personal para recibir las peticiones, quejas y reclamos sí cuesta dinero.

Mientras todo esto pasaba, algo aprendimos sobre los derechos que tenemos como consumidores. Muchos aprendimos que ni necesitamos planes de datos ilimitados, que necesitamos llamar no solo a otros operadores, sino a veces a líneas fijas y en muchos casos a otros países, que no necesitamos el celular que fue lanzado la semana pasada, y lo más importante, que podemos dar por terminado nuestro contrato cuando queramos. ¿Que hay que pagar una multa? La pagamos, y el celular ya es nuestro.

Lo mejor de todo es que ya ni siquiera tenemos que firmar contratos. Podemos comprar una tarjeta SIM en la calle y el celular hasta comprarlo sin intermediarios (aquí, aquí o aquí). Esto deja a las empresas de telefonía cada vez más vulnerables a las decisiones de sus propios clientes y a que tienen que competir con empresas que hace unos años eran sus aliadas. Desarrolladores como WhatsApp, Viber o Line empezaron a quitarles el monopolio de los mensajes de texto y las llamadas de voz. Fabricantes como Motorola, Xiaomi, OnePlus One o Google con su serie Nexus prefieren en muchos casos vender y distribuir directamente al cliente final sin pasar por operadoras que, por supuesto, no viven solo de vender planes de datos y minutos.

Todo este escenario ha abierto un campo de oportunidades para que, mientras las operadoras de telefonía pretenden seguir siendo todopoderosas, lleguen, por una parte, nuevas empresas a suplir necesidades que los clientes tienen y que los operadores se han negado a ver. Un ejemplo que se me ocurre: mientras en Estados Unidos los mensajes de texto suelen ser gratis, en muchos países los siguen ofreciendo por paquetes como si con enviar o recibir SMS se gastara infraestructura. Gracias a esto, un simple plan de datos se convierte en una amenaza para las operadoras que hace unos años facturaban millones con mensajes y que hoy no representan practicamente nada.

Está el caso también de la nueva SIM card de Apple. Aunque no salió del todo bien por ahora, puede ser que dentro de unos años cambie la relación que los usuarios tienen que los operadores en cuanto a que para cambiar de operadora sea cuestión de solo unos clicks en el celular.

Pero por otra parte, están surgiendo comunidades cuya inteligencia colectiva es más poderosa que la de cualquier operadora de telefonía. CyanogenMod, una compañía que hoy vale varios millones de dólares y que desarrolla un sistema operativo basado en Android, surgió de un vacío existente por parte de las operadoras y los fabricantes cuando gracias a la obsolescencia programada pretendían que cambiáramos de celular cada año. El trabajo de esta comunidad consistió en adaptar Android para celulares cuyos fabricantes ya habían abandonado. De ahí que referencias como el Galaxy Nexus o el Galaxy S2 hoy soporten las últimas versiones de Android, mientras que Samsung dejó de incluirlos en sus actualizaciones hace más de 1 año. Hoy estos terminales pueden ser tan potentes o hasta mejores que un gama media del último año.


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