25 de enero de 2017

Snapchat e Instagram Stories: repensando modelos de negocio tradicionales

Por estos días una de las peleas más disputadas en las arenas de la Internet tiene que ver con los dólares que circulan toda vez que somos impactados por un anuncio ya sea en un dispositivo móvil o en un computador de escritorio. Esta disputa es relativamente nueva si consideramos que la popularización de los smartphones viene de 2011 para acá. A propósito de los 10 años del lanzamiento del primer iPhone en 2007, Android fue lanzado en la misma época, año 2008. Sin embargo, fueron necesarios un par de años para que un celular con el sistema operativo de Apple o de Google llegara a manos de todo el mundo.

Antes de esto había también celulares Nokia que utilizaban un sistema operativo llamado Symbian. Había unos cuantos celulares con la marca Windows, y cómo olvidar la marca BlackBerry. Fueron estas marcas, y quizás Motorola, las líderes hasta antes antes de lo que hoy conocemos como teléfonos inteligentes. No obstante, llegaron a un punto — entre los años 2005 y 2008 — en el que no pudieron entender lo que el mercado estaba pidiendo, como si lo hicieron Steve Jobs (Apple) y Andy Rubin (Android).

Como podemos ver, la evolución del ecosistema de dispositivos móviles es algo reciente. Hasta antes de lo que mencionábamos más arriba, era muy extraño que un celular se conectara a Internet. No era necesario. Todo podía ser resuelto con llamadas, mensajes de texto o correos electrónicos desde un computador. Por consiguiente, nuestros primeros contactos con el www fue con un computador de escritorio y un navegador desde el que bajábamos música, programas, fotos, etc. Y peor aún: nos conectábamos con línea telefónica y módem.

Sin que mucho de esto haya dejado de ser así, quería llegar a este punto solo para hacer énfasis en que durante mucho tiempo siempre que nos conectábamos a Internet veíamos unos anuncios que eran horribles e intrusivos. Quizás todavía quede uno que otro en nuestra carpeta de Spam, pero hoy lo más seguro es que si vemos un anuncio sea también desde un celular y no sea tan horrible ni intrusivo, para lo cual empresas como Apple y Google (dueño de Android) han sido fundamentales, masificando el ecosistema de computación móvil.

Pero mientras todo esto pasó, la evolución de los anuncios que veíamos cuando nos conectábamos a Internet no paró. De eso hablé por aquí hace unas semanas. Esto abrió un mundo de oportunidades para los desarrolladores de servicios y aplicaciones que utilizábamos todos los días, y fue también la sentencia de muerte de lo que conocíamos como prensa escrita, pues a final de cuentas la publicidad tendría que salir de la tinta y el papel, para transformarse en bits y pixeles, permitiendo que el alcance de una publicidad a página entera de una revista ya no fuera de miles de personas, sino de un número cercano a infinito de usuarios conectados desde una aplicación o sitio web, y por precios irrisorios que mandarían a la quiebra a cualquier medio impreso. (En serio, ¿quién pauta a página entera en un periódico regional cuando puede aparecer en la red social y en el buscador que utiliza más del 99% de las personas conectadas a Internet?)

Fue de aquí que surgieron otros actores como Google Adwords, Facebook Ads y Twitter Ads, entre otros. No sobra decirlo, pero mantener funcionando estas empresas, con servidores almacenando nuestra información y personas trabajando en los productos que tenemos instalados en nuestro celular cuesta mucho dinero. Y el 99% de ese dinero viene de anuncios.

9 de enero de 2017

Nunca salimos de la crisis


La crisis económica que empezó en 2008 nunca acabó. Miles de personas perdiendo sus casas y sus trabajos no fue una escena aislada en Estados Unidos con un modesto alcance en el resto del mundo. Es algo que aun hoy, casi una década después de esa crisis haber comenzado, seguimos viviendo.

De forma superficial, digamos que la crisis empezó porque en Estados Unidos los bancos habían estado aprobando créditos hipotecarios a personas que no tenían ningún respaldo financiero:

~Yo -un banco- te voy a prestar $200.000 USD para comprar un apartamento. Sé que tienes un trabajo en el que te pagan mal, tienes además que pagar a otro banco que te prestó para la universidad, y vives ahogado en deudas por tarjetas de crédito, pero me voy a arriesgar.

~(Voz en off) De todas formas voy a revender esa deuda a otro banco. Yo recupero el dinero y el problema ya no es mío. Puedo hacer esto miles de veces sin que me pase nada porque la ley me lo permite.

Y ese fue el mensaje que dejó la crisis de ese año.

Hasta que el esquema no fue descubierto, la crisis no estalló. Hubo fraude dentro de los propios bancos para que todos estos préstamos fueran aprobados. Los bancos generaban deudas basura que no tenían ningún respaldo y por consiguiente se vendían basura entre ellos. Sería el equivalente a una sociedad consumista pero con bancos como protagonistas, comprando basura deudas en vez de bienes de consumo.

Y como todas esas deudas eran basura, nadie estaba en condiciones de pagarlas. La Gran Apuesta (vídeo de abajo) explica muy bien este episodio. Los bancos que las habían comprado se dieron cuenta de que no iban a recuperar el dinero que habían pagado, y de un momento a otro se vieron cortos de dinero en efectivo. Sin dinero en efectivo, los bancos no podrían otorgar créditos para que las personas se endeudaran compraran cosas, y al final esto hizo que la economía se desacelerara. Las personas dejarían de comprar, y las empresas que venden y producen esos bienes de consumo se quedan con menos trabajo para hacer. Hay despidos masivos, y cientos de personas dejan de recibir un salario, dejando así menos dinero circulando. Y el ciclo se repite. 

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