Sociedad

Así muere una democracia

Al final de las guerras clon, en el Episodio III de Star Wars, el Senado Galáctico enterraba entre aplausos a la República y nacía así el Imperio Galáctico. Bajo la mano de hierro del Emperador Palpatine, que prometía devolverle la estabilidad a la galaxia, el poder estaba ahora en sus manos y de las Fuerzas Armadas. Si bien el Senado seguía existiendo por mera formalidad, esto solo buscaba darle legitimidad en el papel al nuevo orden, pues se trataba de una estructura vacía. El esqueleto de ese nuevo orden sería representado años más tarde por la Estrella de la Muerte, una estructura capaz de destruir planetas y aplastar a la resistencia en cualquier rincón de la galaxia.

Toda nuestra historia occidental, desde las revoluciones francesa (1789) y americana (1776), han sido intentos por hacer exactamente lo contrario: muere un Imperio y nace una República. En el caso de Estados Unidos, las hasta entonces colonias se separaban del Imperio Británico y probaban su  suerte con sus propias leyes. Por su parte, Francia surgiría de lo que alguna vez fue el Imperio Francés, con el Rey decapitado y una nueva Asamblea, representando así al poder legislativo de nuestras democracias modernas. Junto a este, entre un poder ejecutivo y un poder judicial  — en un juego de equilibrio de poderes — se distribuirían las tareas de lo que muchas veces fue decidido por simple capricho del Rey.

No nos olvidemos que las Coronas de España y Portugal se dividieron el continente a partir de una línea imaginaria. Y esto vendría a definir quiénes somos nosotros 500 años más tarde: heredamos su lengua, su cultura, su religión y sus leyes, lo que le vendría a dar forma a nuestras frágiles democracias modernas. Somos un intento de herencia de todas esas culturas, así como también somos una mezcla con nuestro pasado indígena, criollo, campesino, esclavo y negro, que es un poco lo que muestra Calle 13 con la canción de Latinoamérica.

Soy lo que dejaron. Soy toda la sobra de lo que se robaron

Latinoamérica – Calle 13

El fin de los imperios y las colonias

A medida que surgían nuevos estados-nación a lo largo del siglo XIX, los antiguos imperios iban muriendo o, más bien, transferían su poder. Recordemos lo que en algún momento fueron el Imperio Británico, el Imperio Otomano, el Imperio Ruso, el Imperio Austrohúngaro, etc. Todo este poder se transfirió a nuevos Estados u organizaciones que surgieron tras las dos primeras guerras mundiales y la consolidación de los procesos de globalización. El uso del monopolio de la fuerza pasó en menos de dos siglos a nuevos actores como Estados Unidos, Rusia, China, la Otan o el Fondo Monetario Internacional. Todo su poder y hegemonía era heredado de alguna estructura anterior.

En su momento, prácticamente todo lo que se encontraba por fuera de Europa no merecía ser visto como algo más que una simple colonia, un territorio a ser dominado. Los Aztecas, por más que tuvieran una civilización muy avanzada para nunca haber tenido contacto con el resto del mundo, no eran lo suficientemente civilizados a los ojos de Europa. Tenían que ser evangelizados, esclavizados y dominados con ideas colonialistas. De esta forma, los Imperios siempre buscaron expandir sus territorios, ya fuera explorando o ganándolo en guerras a sus enemigos. Era una mentalidad de expandirse y sobrevivir o quedarse esperando para ser invadido.

Los vientos de cambio, que llegaron a las Américas con las revoluciones americana y francesa, prometían una idea de democracia, que iba a coexistir durante mucho tiempo con ideas colonialistas y supremacistas que no se iban a ir de la noche a la mañana. La esclavitud no solo no sería abolida inmediatamente, sino que dejaría cicatrices en forma de racismo. En el libro Hitler’s American Model: The United States and the Making of Nazi Race Law, el Profesor James Whitman cuenta cómo las leyes de pureza racial de la Alemania Nazi fueron inspiradas en leyes racistas que ya existían en los Estados Unidos hacia los años 30. La diferencia era que estas primeras leyes estaban dirigidas contra negros, asiáticos o nativos americanos, mientras que los juristas nazis querían crear algo semejante dirigido a los judíos específicamente en lo que se conocerían como las Leyes de Nuremberg, una legislación contra los judíos alemanes.

Como los judíos habían sido perseguidos a lo largo de la historia y durante la segunda guerra mundial llegó a haber un plan de «solución final» para exterminarlos por parte de la Alemania Nazi, el naciente Estado de Israel apeló tras su fundación al mismo modo de pensar que los imperios tuvieron durante siglos, el de actuar preventivamente: o nos anticipamos e invadimos los territorios a nuestro alrededor o alguien va a venir a exterminarnos. Fue lo que les pasó en el holocausto cuando todavía no tenían su propio Estado. Esto dio pie a que Israel entrara en guerra con prácticamente todos sus vecinos, y principalmente con el Estado Palestino, desde su fundación en 1948 en un conflicto atrás de otro que hoy sigue sin solución, pues sus enemigos no aceptan que el Estado de Israel siquiera exista.

Las cicatrces del imperialismo, el colonialismo y la esclavitud

En la única rebelión de esclavos exitosa de nuestra historia, durante la revolución haitiana, que se independizó de Francia en 1791, prácticamente toda la población blanca fue exterminada. Al sur de Estados Unidos y en Brasil, los dueños de esclavos, personas muy ricas que habían construido su riqueza con el comercio transatlántico de esclavos, tenían pánico de que algo similar les pasara, miedo a que los esclavos se libertaran. De esta forma, el miedo y una mentalidad colonialista europea daban pie a que el racismo y la esclavitud siguieran existiendo. Era una justificación para tener a los esclavos a raya. Brasil sería uno de los últimos países en abolir la esclavitud casi un siglo después, en 1888.

El caso del apartheid de Israel contra Palestina, del que hablé más a profundidad en otro post, o del racismo en Brasil y Estados Unidos son solo el desdoblamiento de ideas que en algún momento fueron consideradas normales y que en mayor o menor medida siguen presentes entre nosotros. El imperialismo, el colonialismo y la esclavitud eran sistemas que no se cuestionaban, como si se tratara de dogmas. Pero fueron cuestionados y puestos a prueba por las ideas iluministas que dieron pie a los procesos de revolución e independencia. Por eso hoy tenemos democracias.

El problema de todo esto es que, así vivamos en una democracia que tanto nos costó conquistar, las cicatrices nunca sanan completamente y entre nosotros siguen circulando ideas retrogradas de esos tiempos y que podrían acabar con nuestras democracias. La democracia supuestamente funciona porque todas las partes confían las unas de las otras y porque, sea cual sea el resultado, los perdedores bajan la cabeza y se van a casa. Ya habrá otra oportunidad. Pero en el momento en el que se empieza a deslegitimar el proceso democrático por alguna de las partes, todo el sistema democrático se empieza a desmoronar.

Fue lo que pasó con los seguidores de Trump cuando, tras no reconocer los resultados de la elección en 2021, intentaron invadir el Capitolio en Washington; o cuando los electores de Bolsonaro, al negarse a reconocer a Lula como su Presidente, intentaron invadir la plaza de los tres poderes en Brasilia en 2023; o cuando Nayib Bukele llevó a las Fuerzas Armadas al Congreso en El Salvador; o cuando el Gobierno de Salvador Allende en Chile fue depuesto por el Ejército de Augusto Pinochet en 1973; o cuando el Consejo Nacional Electoral de Venezuela no presentó las actas que daban como vencedor de las elecciones a Nicolás Maduro hace solo un par de semanas, etc.

Podría quedarme dando más ejemplos, pero a lo que voy es a que todos estos son movimientos que van minando a la democracia desde adentro. Siempre va a haber enemigos actuando dentro de las cuatro líneas, queriendo volver a un estado anterior, donde los privilegios son de unos pocos. Es como el dilema de Karl Popper de si debemos ser tolerantes con los intolerantes. La respuesta es un rotundo NO. Si somos tolerantes con los intolerantes, estos van a acabar con los tolerantes tan pronto tomen el poder. Fue lo que hicieron los Nazis cuando llegaron al poder. Fue lo que hizo el Emperador Palpatine en el Episodio III de Star Wars, que acabó con la República al son de un estruendoso aplauso.

Daniel Afanador

Daniel Afanador — Nacido en la Colombia de los años 90 y viviendo actualmente en Brasil. Este blog lo empecé en el año 2008 cuando estaba en el primer semestre de periodismo en la universidad. Hablo español, inglés, portugués, francés y un poco de alemán. Ideológicamente de izquierda, marxista y anarquista. Hincha de Millonarios de Bogotá, colecciono camisetas de fútbol, escucho punk-rock melódico y hardcore. Mi comida favorita es la pizza. Comunicador social y periodista de la Universidad de La Sabana y MSc en Comunicación y Prácticas de Consumo por la ESPM/SP. Me encuentran en Instagram como @daniel_afanador o en Bluesky como danielafanador.co. Paré de usar X/Twitter cuando lo compró en Elon Musk.

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