Albergue Español (2002), película del director francés Cédric Klapisch, cuenta la historia de Xavier, un joven de París que, buscando entrar a trabajar en el Ministerio de Economía de su país, decide pasar 1 año en Barcelona estudiando un Máster. En ese año lejos de casa, de su familia y de su novia, Xavier es obligado no solo a interactuar con la cultura y la lengua catalana, sino también con estudiantes del resto de Europa dentro del programa Erasmus, un programa de intercambio académico y cultural entre universidades de la Unión Europea.
Albergue Español, también conocida como Una Casa de Locos (trailer abajo), está ambientada en lo que en contraste con el título de este post sería un agradable verano en Europa. Antes de la crisis financiera de 2008, todos eran felices. El muro de Berlín cayó en 1989; la Unión Soviética se desintegró a comienzos de los 90; y durante casi dos décadas vivimos en la ilusión de lo que Fukuyama llamó como El Fin de la Historia, refiriéndose así a la victoria del liberalismo económico como una idea que uniría a occidente, y que se impondría ante otras ideologías alternativas que aparentemente habían fracasado. Parecía haber quedado demostrado que el comunismo no funcionaba…
Dentro de ese corto período de tiempo (1989 a 2008) es que está ambientada la película, en la que podemos ver conviviendo en paz dentro de un apartamento compartido a un francés, un alemán, un inglés, una española, un danés y un italiano dentro de una cultura que era ajena a todos ellos. Recordemos que Cataluña es como si fuera una entidad independiente dentro de España, que hasta tiene su propia lengua, y que si por ellos fuera serían su propio país. Aunque en el papel todos en el viejo continente se vean como amigos, no nos olvidemos de que en el corazón de Europa estallaron dos guerras mundiales y desde allí partieron las primeras expediciones para conquistar América, exterminar a los pueblos indígenas, cargarse nuestro oro y crear el sistema trasatlántico de compra y venta de esclavos. Y con Ellos no me refiero a «todos» los europeos, mucho menos a sus descendientes de hoy. Me refiero a quienes desde un trono hace siglos se atribuían el derecho de crear una línea imaginaria y repartirse territorios a miles de kilómetros de distancia como si de un pastel se tratara.
Tras reflexionar sobre lo que para nosotros fue la pandemia en 2020, yo diría que 2008 fue un año igual de marcante en la historia reciente, pues fue el final de ese Fin de la Historia declarado por Fukuyama. Fue ese año el que daría inicio a ese largo y frío invierno europeo del que el viejo continente no se recuperó hasta ahora. Si bien la crisis comenzó con la caída de Lehman Brothers en Estados Unidos, esta se llevó por delante a todos los mercados, incluída la economía europea que saldría muy golpeada. Fue después de esto que años más tarde aparecerían las primeras grietas entre países que en el papel parecían hermanos: la guerra entre Rusia y Ucrania, ambas ex repúblicas soviéticas; el problema de Grecia con el resto de Europa por la deuda; el apagón de la economía alemana, siendo que Alemania es el motor de Europa; y eso sin contar los problemas de racismo a raíz de la llegada de inmigrantes y refugiados, que hoy parecen ser la gasolina para alimentar a los movimientos nacionalistas y de extrema derecha que se creían desaparecidos desde la segunda guerra, como lo es la AfD en Alemania o lo que es Victor Orban en Hungría.
Los problemas que crearon los antiguos imperios europeos se les devolvían siglos después a sus herederos. Y existe una palabra en inglés para eso: backfired: les salió el tiro por la culata. Intentaron esconder su pasado violento debajo del tapete y no les funcionó.
Durante mucho tiempo se nos mostró a Europa con admiración, como si nosotros tuviéramos un deber moral de ser igual a ellos, de deberles pleitesía. Se mostraba la conquista como si fuera un maravilloso encuentro entre dos culturas y no como el exterminio violento de una raza que se creía superior a la otra. Al final habíamos heredado idioma, religión, leyes e instituciones. Para que eso fuera posible, tuvieron que arrasar con todo lo que se encontraron a su paso en el «nuevo mundo». Tan solo quedaron rastros arquitectónicos de lo que alguna vez fueron el Imperio Azteca o el Imperio Inca porque su población o fue diezmada o esclavizada. Si esto fue lo que quedó de los mayores imperios de la época, ni hablar de los demás grupos indígenas minoritarios que había a lo largo del continente.
Nuestros modelos de Repúblicas modernas están basados en lo que quedó tras la revolución francesa: decapitaron al rey y se estableció la división de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Por todo esto, siempre se nos ha mostrado a Europa como sociedades exitosas, que tras el fin de la segunda guerra mundial habían podido reconstruirse, vivir en paz y sacar adelante sus democracias liberales. Desde afuera se veía como un todo indivisible. Sin embargo, esa verdad se empezaría a agrietar en 2008, aunque tardaríamos años en darnos cuenta. Quizás una de las marcas más evidentes de eso sería cuando el Brexit ganó en 2016 y el Reino Unido salió de la Unión Europea en 2020. ¿Cómo así que Londres de repente no hacía más parte de Europa?
Con la salida del Reino Unido, lo que la historia de Europa nos ha demostrado es que los europeos no se aguantan entre sí. Los propios ingleses trataban a los irlandeses como una colonia hasta que estos se independizaron en 1916 y crearon su propio país. Un poco más lejos, al otro lado del continente, los pueblos eslavos del sur intentaron tener su propio país también, lo que era la antigua Yugoslavia, y todo terminó en una sangrienta guerra con genocidio incluido (Srebrenica, 8.000 muertos), 7 países diferentes declarando su independencia y la Otan bombardeando Kosovo en 1999. En el mundial de Alemania 2006, la Selección de Serbia y Montenegro jugó representando a un país que ya no existía. Había dejado de existir pocos días antes del inicio del torneo cuando Serbia y Montenegro se separaron. En 2008, Kosovo, que era parte del territorio Serbio, declararía su independencia.
Años más tarde, otra de las víctimas de Europa sería Grecia, el país que hace muchos siglos nos obsequió a occidente con la democracia y la filosofía. Grecia no pasaría por una sangrienta guerra como los países de la antigua Yugoslavia, pero casi, ya que sería usado como chivo expiatorio por la Troika (es decir, El Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional) para que a nadie se le ocurriera dejar de honrar sus compromisos de pagos a la deuda externa, que en 2015 ascendía al 194% del PIB. En ese año, el Gobierno de Syriza (de izquierda radical) ganó las elecciones con la promesa, no de no pagar, sino de sentarse a reestructurar la deuda con sus acreedores, para quizás pagar bajo condiciones diferentes a las que gobiernos anteriores aceptaron préstamos que obligaban a recortar gastos públicos, a imponer planes de austeridad en programas sociales y privatizaciones.
El documental de abajo explica por qué estos planes no siempre funcionan, y trae los ejemplos de la deuda pública de Argentina, Portugal y Grecia.
Desde 1981, Grecia hacía parte de la Unión Europea; en 2002 adoptó el Euro; y el país llegó a organizar unos Juegos Olímpicos y hasta a ganar una Eurocopa en 2004. Todo parecía perfecto, hasta que en el año 2009 estalló una crisis cuando salieron a la luz pública los números reales del déficit fiscal, que no eran del 6%, sino del 12%. Es decir, el país tenía números mucho peores de los que había estado declarando públicamente, lo que significó una pérdida de credibilidad en los mercados: menos inversión y fuga de capitales. Sumado a la crisis económica que había estallado el año anterior en todo el mundo, fue aquí que empezó el ciclo tóxico en el que la deuda de Grecia era demasiado grande para ser pagada y el país recurría a pedir dinero prestado para pagar la deuda. Era como pagar una cuota de la tarjeta de crédito con otra tarjeta de crédito mientras los intereses no paraban de crecer.
En 2015 llegué a escribir una serie de dos entradas hablando sobre el problema de la deuda pública griega: Crisis en Grecia: qué podemos aprender parte I – parte II.
Entre 2010 y 2015, Grecia fue rescatada al menos dos veces por Europa. «Rescate» es el nombre con el que se le conoce a recibir un préstamo de algún organismo internacional, lo cual suele venir acompañado no solo de los intereses, sino también de otras obligaciones, como mencionábamos más arriba: subir impuestos, disminuir el tamaño del gobierno, privatizar puertos, recortar gasto público en salud y pensiones, precarizar las leyes de trabajo, etc. Cuando Syriza ganó, el programa de gobierno decía: nosotros vamos a pagar. Aceptamos que esa deuda existe, pero el pueblo griego nunca ha sido consultado sobre si quería esa deuda y todo esto solo estaba empeorando la calidad de vida de sus ciudadanos. Syriza propuso reestructurar la deuda y Europa hizo oídos sordos: no querían que otros países como Irlanda, Portugal, España o Italia siguieran por el mismo camino. Eran muchos millones de euros que dejarían de ser pagos de solo considerar esa posibilidad y Europa entera podría colapsar.
¿De dónde creen que sale el dinero que los países reciben en forma de préstamos? Son inversionistas y banqueros con mucho dinero, que se pueden dar el lujo de prestarle a un país en quiebra a cambio de unos intereses abusivos y humillantes. Nadie más prestaría bajo esas condiciones.
La historia de las negociaciones que se dieron en 2015 entre el Gobierno Griego de Syriza y la Troika la cuenta Yanis Varoufakis en el libro Adults in the Room. Varoufakis, de quien ya había hablado en otro post en el que hablé de tecnofeudalismo y empresas de tecnología, sería el Ministro de Economía al frente de las fallidas negociaciones y usaría la expresión de «adultos en la sala» cuando — tras meses de negociaciones que no iban para ningún lado porque los políticos que representaban a Europa y sus acreedores no querían ceder ni un milímetro ante ninguna de las propuestas de Grecia — dijeron que esas negociaciones requerían que hubiera «un adulto en la sala» con quien negociar. Europa no soportaba la idea de que alguien a quien veían como inferior los desafiara.
¿En qué terminó Grecia 2015? Con Varoufakis dando un paso al costado para que Syriza se pudiera someter a un nuevo rescate, aceptar un nuevo préstamo y seguir entregando la soberanía de la democracia griega ante el mandato del Banco Central Europeo, que a final de cuentas es el que dictamina cómo un país de la Unión Europea puede o no manejar sus cuentas públicas. Esto había desencadenado además en un movimiento fascista de extrema derecha en Grecia, Amanecer Dorado, llegando al Parlamento y adquiriendo masiva representación política debido a las medidas de austeridad a las que había sido sometido el país, tema del que hablé en otro post (link aquí: una Oda al Antifascismo).
Todo esto lleva a pensar que la austeridad llevada al límite lleva a los países hacia el fascismo y al surgimiento de movimientos de extrema derecha nacionalista. Fue lo que pasó con Alemania tras el fin de la primera guerra mundial. Es lo que estamos viendo ahora mismo en Europa (ver vídeo del final de este post).
Sin contar que antes de que se hablara del Brexit, en esa época ya se hablaba del Grexit: que Grecia saliera de la Unión Europea y abandonara el Euro era una de las opciones encima de la mesa. Eso al final no sucedió, pero dejó claro cómo desde el propio corazón de Europa hay a quienes los tiene sin cuidado que Europa se desintegre. Eso sería esperado de algún enemigo como Vladimir Putin, pero no hay que ir tan lejos. El Primer Ministro de Hungría, Viktor Orban, de la misma línea ideológica de Donald Trump y Jair Bolsonaro, no ve a Hungría como parte de Europa y va además en contra de los propios valores democráticos que sustentan a Europa: Orban acabó con el equilibrio de poderes en su país, cambió la ley para reelegirse, ha amordazado medios de comunicación, a minorías y ha intentado cerrar la Universidad Centroeuropea de Budapest, lugar por el que han pasado muchas voces disidentes de Europa del Este desde el fin de la Unión Soviética. Orban llama a todo esto de «democracia iliberal». Antes de que cayera el comunismo en Europa del Este, Orban defendía los valores liberales. Cuando la democracia llegó a su país, le pareció más conveniente defender valores nacionalistas desde otro bando. Hoy por hoy, Orban actúa como un infiltrado de Putin dentro de Europa.
Cuando en economía se habla de «la mano invisible» del mercado, en realidad hay alguien manejando esa mano, como un ventrílocuo con su marioneta. Y en Europa no se mueve un centavo si no es con el consentimiento de Alemania. Por eso es que las negociaciones con Grecia nunca fueron para ningún lado. Había personas clave sentadas en la mesa de negociación que respondían a la coalición del gobierno de Angela Merkel, quien con una llamada telefónica podría haber destrabado todo.
El año pasado, un amigo que vive en Hamburgo me explicaba que Alemania estaba viviendo de lo que construyó en el pasado. Alemania, por ejemplo, fabricaba los mejores carros. Marcas como Volkswagen, Audi, Mercedes y Opel eran el orgullo de Alemania y se vendían en todo el mundo. Y lo mismo era el caso de cualquier producto mecánico. Las máquinas fabricadas en Alemania eran las mejores del mundo. Desde la imprenta de Gutenberg hasta Siemens.
Según lo explica el libro Kaput: The End of the German Miracle, de Wolfgang Münchau, los alemanes eran tan prepotentes en creer que tenían los mejores carros, que cuando aparecieron los primeros carros eléctricos hace un par de años, ellos seguían pensando que las personas iban a comprar para siempre carros alemanes debido a su perfecta ingeniería interna y porque eran alemanes. Nunca se preocuparon por adaptarse a los cambios que ya se empezaban a ver en mercados como los de Estados Unidos con Tesla y ahora BYD en China. De hecho, China era uno de los mayores compradores de carros alemanes; China aprendió a hacer sus propios carros eléctricos; y hoy los chinos prefieren comprar marcas locales que marcas de afuera.
Las fabricantes alemanas ya hasta tienen vehículos eléctricos, pero son más caros y perdieron el timing frente a sus competidores del resto del mundo. De hecho, en 2015 a Volkswagen le estalló un escándalo porque altos ejecutivos de la compañía intentaron esconder por medio de un Software las emisiones reales de sus vehículos de Diesel, por lo cual fueron condenados por la justicia a pagar multas y a perder su credibilidad. ¿Quién se va a sentir cómodo comprando un carro cuya marca aceptó manipular 11 millones de vehículos para que pasaran las pruebas de gas?
Y así como la industria automotriz era una de las más importantes en Alemania y China, uno de sus mayores compradores, durante muchos años Alemania no solo se benefició, sino que dependía, del gas ruso porque era muy barato. Y si los inviernos son fríos, los sistemas de calefacción muchos funcionan a gas. Tan pronto empezó la guerra entre Rusia y Ucrania, empezaron las sanciones a Moscú, ante lo cual se cortó el gas que Alemania compraba tan barato. Esto elevó los costos energéticos en la industria y en los hogares en una época en la que debido a la pandemia se había sentido la inflación por primera vez en mucho tiempo y que debido a la guerra solo tendía a empeorar.
Y por último, no nos podemos olvidar de que, aunque Alemania sea el motor económico de Europa, la competencia tecnológica de los últimos 20 a 30 años en realidad enfrenta a Estados Unidos contra China. Las mayores plataformas de redes sociales, comercio electrónico y servicios en la nube son de empresas americanas. Por otro lado, China ha desarrollado sus propias soluciones para un mercado interno de 1.400 millones de habitantes con empresas como TikTok, WeChat, Alibaba, Temu, Shein, BYD, etc., algunas de las cuales están presentes en todo el mundo. Y mientras tanto, la mayor empresa de tecnología alemana es SAP y en Europa son pocas que se puedan destacar: Nokia de Finlandia, que aunque ya no vende celulares ofrece infraestructura. No se me ocurren más, pero les recomiendo que vean el vídeo de abajo, que explica el tema en profundidad.
Lo que Alemania hizo durante mucho tiempo era que, al ser la mayor y más confiable fabrica de Europa, vendían máquinas a todo el mundo. Sus clientes les pagaban en dólares y siempre tenían una balanza comercial positiva porque cualquier cosa que necesitaran importar era mucho más barato que todo lo que vendían. Si le compraban Yogurth a Grecia, frutas a África y café a Brasil, todos estos productos son mucho más baratos. Pagaban en dólares y siempre tenían dinero sobrando. Y esto sin contar que a Alemania le condonaron una gran parte de su deuda externa tras el fin de la segunda guerra mundial. Es decir, durante mucho tiempo a Alemania le sobraba dinero y no tenían una deuda impagable persiguiéndolos, como le pasaba a Grecia. Esto fue un factor decisivo para crear el Euro, pues había un fuerte respaldo financiero de Alemania detrás.
Tras la tranquilidad de los primeros años del Euro hasta la crisis de 2008 con la que empezamos este post, el pecado que cometió Alemania fue no tener una industria que fuera a la par de Estados Unidos o de China, por ejemplo en cuestiones de Software, Hardware o Inteligencia Artificial. Por cuestiones históricas, era para Alemania estar por delante de todo el mundo, y mientras tanto la burocracia alemana es famosa porque hay entidades que aún usan fax o regiones donde no hay Internet de alta velocidad. Alemania nunca se preocupó por actualizar su infraestructura tecnológica y supuestamente son los líderes de la región.
¿Y a dónde nos lleva todo esto? A que para eso del año 2008 las diferencias entre Estados Unidos, China y Europa no eran tan evidentes. No habíamos entrado de fondo en la crisis de ese año y las plataformas tecnológicas que hoy dominan el mundo eran aún muy embrionarias. Nadie imaginaba en esa época las dimensiones que iban a adquirir empresas como Apple, Google o Amazon, ni siquiera había smartphones; ni se veía a lo lejos que China le fuera a quitar su lugar a Alemania en la manufactura de máquinas avanzadas como son los carros eléctricos; o que Rusia fuera a agredir de frente a Europa vía Ucrania (o viceversa, porque la Otan nunca dejó de expandirse en esa dirección).
Entre ls caída del muro de Berlín en 1989 y el inicio de la crisis en 2008, había quizás pequeñas grietas en Europa que no le hacían daño a nadie. Había diferencias con las cuales se podía convivir. Rusia hasta le vendía gas y petróleo a sus vecinos y Europa se seguía mostrando ante el mundo como la cuna de la democracia; varios de sus países habían logrado salir de la cortina de hierro que había impuesto la Unión Soviética; esos países entraron en procesos de transición hacia democracias representativas. Todo esto resultó ser un proceso muy inestable.
En esos pocos años de paz, la Otan se siguió expandiendo hacia las fronteras de Rusia, que siempre lo interpretó como una agresión de occidente; y nadie, absolutamente nadie, anticipó los estragos que una pandemia dejaría en nuestras democracias. Fue justo en esa época en la que crecieron los movimientos nacionalistas y de extrema derecha que hoy se proponen a romper a Europa, como Putin, Víctor Orban o la AfD en Alemania, todos yendo en su propia dirección. Lo que hace unos años parecía un muro de concreto rígido y protegido por una economía fuerte, Europa hoy parece una colcha de retazos pegada con babas que se fue desliendo ante los ojos del resto del mundo.
Y aunque yo escriba esto desde otro continente y todo esto me debería tener sin cuidado, la verdad es que todo lo que pase, ya sea en Estados Unidos, en Europa o en China, nos afecta de alguna manera. Es lo que nos ha demostrado la historia desde hace más de 500 años. No espero que en Europa todos vuelvan a ser amigos como en la película de Albergue Español que hablábamos al comienzo, pero sí esperaría que por lo menos salgan de ese invierno tan frío en el que se fueron a meter en algún momento y después vemos qué pasa…
Y que todo esto nos recuerde a quienes estamos lejos de Europa en el sur global, desde Suramérica/Latinoamérica, que podemos imaginar nuestro propio modelo de sociedad diferente y mejor al suyo. Lo que Europa siempre creyó que era lo mejor para ellos no necesariamente era lo mejor para nosotros, más allá de todo lo que nos hayan querido imponer desde que fuimos colonias suyas. Vamos a seguir conectados porque existe un pasado violento en común y porque tenemos relaciones comerciales y diplomáticas, pero el futuro de lo que pasa en este lado del mundo es decidido por nosotros, no por ellos, que ni siquiera pueden vivir en paz dentro de un mismo territorio.
Imagen: Kevin Anderson
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