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Breve historia de un país dividido

Aunque de puertas para afuera el mundo vea a Colombia como una entidad monolítica de gente alegre y carismática, nosotros los colombianos sabemos lo diversos que podemos ser. Si desde afuera es bien sabido que el español hablado en Colombia es uno de los más fáciles de entender, yo he identificado hasta 14 acentos a lo largo y ancho del país, diversidad que se siente además en términos históricos, culturales y territoriales. Un colombiano de la costa Caribe se parece más a un panameño o a un venezolano, que a alguien del sur del país, que a su vez se parece más con un ecuatoriano o un peruano.

Si bien existe una unidad territorial que parece manifestarse solo cuando hay un partido de fútbol de la Selección Colombia, cada región desarrolló sus propias costumbres e idiosincrasias. La historia de Cien Años de Soledad solo fue posible porque un grupo de personas salió en busca de uno de estos territorios y al no llegar a ningún lado fundaron Macondo. Es la historia de muchos territorios al interior del país que estaban completamente desconectados.

Pero aunque estuvieran desconectados políticamente del centro, estos lugares necesitaban de una estructura política para funcionar. Así fue que heredamos en todo el territorio los ideales liberales y conservadores. Estos ya existían desde los tiempos de la Independencia de España y fueron los que guiaron a los primeros presidentes, periódicos y al Congreso de la época, lo cual se replicaba en las estructuras locales de gobernadores y alcaldes.

Si por un lado el Partido Conservador era cercano al orden, a la familia tradicional y a la Iglesia Católica; el Partido Liberal, por otro lado, defendía la separación entre la Iglesia y el Estado, así como los derechos individuales, entre ellos la libertad de culto. Eran ideales similares a los que surgieron tras la Revolución francesa en 1789. Aunque la burguesía y la clase trabajadora se habían puesto de acuerdo para derrocar al rey, una vez lo lograron, estos se dividieron en dos: al lado derecho de la Asamblea estaban los conservadores, cercanos a la Iglesia Católica y a las antiguas estructuras de la Corona; al lado izquierdo, la clase trabajadora y los campesinos. Este sería el origen de lo que hasta hoy entendemos como izquierda y derecha, pieza fundamental para entender nuestra identidad como colombianos.

De las familias liberales y conservadoras al Frente Nacional

En Colombia todas las familias están marcadas por estas divisiones. Tal vez no tanto mi generación (nacida entre los 80 y los 90), pero sí de nuestros padres para arriba: era común esa tradición de ser de una familia liberal o conservadora, algo equivalente a hoy sentirse identificado con un equipo de fútbol por las pasiones que eso despertaba. Ayer y hoy, eran formas de crear una identidad más allá del núcleo familiar.

Del lado de mi papá, mi abuelo nació en un municipio de Cundinamarca con tradiciones liberales; del lado de mi mamá, mi otro abuelo heredó tradiciones conservadoras en algún lugar de Santander. Y esto no solo definía a familias, municipios y regiones enteras. También nos dividía. Si nuestros próceres pudieron ponerse de acuerdo con que no podíamos ser para siempre una colonia de la Corona española, nunca más pudieron ponerse de acuerdo en si el país debía seguir los ideales liberales o conservadores. Esto explica los orígenes de 2 siglos de guerra entre nosotros mismos. Era tan intenso ese sentimiento de pertenecimiento, que las personas comunes y corrientes, instigadas por un gobernante de turno, ya se mataban entre sí por los colores de un partido.

Decir que «nunca» se pusieron de acuerdo quizás sea una exageración. En realidad sí se pusieron de acuerdo un par de veces para asegurar gobernabilidad. Por ejemplo, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, lo que dio inicio al período de la violencia, tiempo después llegaron a la conclusión de que para evitar más derramamiento de sangre podrían rotarse la Presidencia a cada 4 años en lo que se conoció como el Frente Nacional (1958-1974). Ya había pasado siglo y medio desde nuestra independencia y recién se venían a dar cuenta de que no eran tan diferentes después de todo.

El problema era que el Frente Nacional excluía a otros sectores políticos como el caso de los primeros movimientos de izquierda o las disidencias de los propios partidos Liberal o Conservador. Eso acabaría abriendo un nuevo ciclo de violencia entre el Establecimiento y quienes no se sentían identificados con alguno de los dos partidos tradicionales. De hecho, años más tarde Luis Carlos Galán (Nuevo Liberalismo) y Álvaro Gómez Hurtado (Salvación Nacional) serían figuras surgidas de esas disidencias partidarias y ambos resultarían asesinados, esta vez por estructuras vinculadas al narcotráfico, un nivel de violencia adicional con el que nos habríamos de acostumbrar.

Territorial e ideológicamente divididos

Las elecciones de 1970, en las que por primera vez un tercer candidato le disputaba de tú a tú la Presidencia a uno de los partidos tradicionales, acabó con un resultado muy cuestionado en el que Misael Pastrana (Conservador) se impuso al General Gustavo Rojas Pinilla (Anapo) por una diferencia no mayor al 2% de los votos, menos de 100,000 sufragios en una elección con sospechas de fraude en la que Colombia se fue a dormir con Rojas Pinilla ganando y que amaneció con Pastrana siendo proclamado como el próximo Presidente.

Lo anterior lo usaría el Movimiento 19 de Abril (M-19) para justificar su alzamiento en armas en 1974: si por la vía democrática no podían participar en igualdad de condiciones en elecciones, justificaban así el alzamiento en armas, en tiempos en que la lucha armada no era un fenómeno exclusivo de Colombia: desde los movimientos anticolonialistas en el continente africano, pasando por la revolución china y la revolución cubana o la resistencia a las dictaduras del Cono Sur; Colombia no podía ser la excepción, sobre todo en tiempos de guerra fría. De los años 60 en adelante surgirían movimientos guerrilleros como las Farc, el ELN, el EPL, el Quintín Lame y el M-19.

Todos estos grupos afirmaban no tener cabida en el sistema político de la época. Habían sido excluidos y el conteo de los votos de una elección sospechosa les acababa de dar la razón. Algunos de estos grupos estaban presentes en territorios en medio de la nada a los que ni el Estado ni esos partidos tradicionales llegaron, que fue lo que dio origen a las Farc, por ejemplo: unos campesinos todavía sin una agenda política que lograron resistir a las embestidas de las Fuerzas Armadas, cuyo objetivo era expulsarlos. Años después, en tiempos de guerra fría, estas organizaciones adoptaron ideales marxistas-leninistas (comunistas). Ellos se veían a sí mismos como un grupo rebelde alzado en armas que decía representar al pueblo. Eso en los años 60.

Cuando el Estado llegó a expulsarlos de forma violenta y eran simples campesinos armados, había un miedo en esa época de que se crearan repúblicas independientes. El remedio fue peor que la enfermedad porque el país, ya dividido en dos, corría el riesgo de seguir fragmentándose. Hoy hay grandes territorios de nuestro país que ya no son controlados por las Farc, sino por los herederos de sus estructuras, la mayoría dedicadas al narcotráfico y a la minería, entre otras economías ilegales. Algunas de esas estructuras son disidencias de la antigua guerrilla que no se acogieron al Acuerdo de Paz firmado en La Habana en 2016. La mayoría del Secretariado y al menos el 90% de los miembros de esa guerrilla respetaron los acuerdos.

¿Cómo podía el Estado Colombiano estar presente en un país tan grande como del que hablábamos al comienzo? No podía. Solemos pasar por alto que Colombia tiene dos océanos, tres cordilleras y acceso al Amazonas. Aún hoy, a 200 años de nuestra independencia, existen municipios en los que ni siquiera hay acueducto, una carretera o un puesto de salud. Ahora pensemos en esos lugares en la década de los 60 cuando todavía se usaba el telégrafo. Desde entonces, ya estaban dadas las condiciones para que llegara cualquier grupo armado a actuar como el Estado mismo. Fue así como la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico crecieron sobre todo en un territorio tan complejo geográficamente.

Una identidad basada en vientos de cambio y guerra fría

Los años 60 casi ven al mundo volar en mil pedazos: dos potencias nucleares, la construcción del Muro de Berlín, tanques apuntando de un lado al otro del muro, misiles en Cuba apuntando hacia Estados Unidos; movimientos insurgentes; y en mayo del 68 la juventud junto con los sindicatos en Francia revelándose ante la sociedad de consumo y el capitalismo, lo que más tarde influiría en los orígenes del movimiento Hippie. Era la primera generación de adultos tras el fin de la segunda guerra mundial que manifestaba su descontento sobre cómo vivía la generación de sus padres.

Con suficientes bombas atómicas para acabar con la vida en la tierra varias veces, el mundo podía acabar en cualquier momento y todos estaban más preocupados por tener un trabajo estable, una familia y un estilo de vida basado en el consumo, un estilo de vida basado en los valores democráticos propuestos desde Estados Unidos y Europa occidental. Un estilo de vida que se pretendía exportar y a veces imponer a la fuerza. Eso explica los golpes de Estado que Estados Unidos apoyó en el resto del contienente.

Mientras tanto, el movimiento de Mayo del 68 se daba en Francia, uno de los pilares de la democracia occidental, el mismo lugar que dio origen a la Revolución Francesa de la que hablábamos al comienzo y que inspiró a las ex colonias en Latinoamérica a independizarse. Años antes, también en la década de los 60, en Estados Unidos Martin Luther King había logrado con un movimiento pacífico que las personas negras tuvieran derecho al voto y que no fueran segregadas ni discriminadas.

Fueron tiempos de cambio en los que se consagraron algunos de los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBT y de las personas negras. Todo eso no se logró sentándose a esperar a que alguien con mucho poder tuviera la buena voluntad de otorgar esos derechos. Esa generación del 68 inició un cambio en las calles y cuando esas luchas llegaron a Colombia se encontraron con un sistema bipartidista que se resistía al cambio y con una naciente lucha armada. Si bien Colombia tenía casi 2 siglos de violencia a sus espaldas, estos tiempos eran distintos y nos marcarían hasta recién entrado el siglo XXI.

En los años 80, cuando el sistema seguía cerrado para una tercera vía, el resto del continente pasaba por procesos semejantes: las dictaduras en Brasil, Chile y Argentina, por mencionar algunas, impedían con el uso de la violencia, la tortura y la desaparición de personas que ideas disidentes se manifestaran en público: quién diría competir en elecciones. Si bien en Colombia nos jactamos de que hemos sido una democracia ininterrumpida con elecciones a cada 4 años, lo cierto es que el Estatuto de Seguridad de Turbay en el 78 le otorgaba al Ejército poderes similares a los de una dictadura: un estado de sitio que prohibía la protesta social y juzgaba a civiles en consejos de guerra por simple sospecha. Esto llevó a muchos a la clandestinidad, que para sobrevivir acabaron metidos en la guerrilla y hasta confundidos con terroristas.

Para noviembre de 1985, cuando el Palacio de Justicia se le salió de las manos al Ejército durante la retoma que había iniciado el M-19, el país pudo fácilmente haber tenido un Golpe de Estado (se dice que en algún momento hubo un vacío de poder). Empleados de la Cafetería, Magistrados y guerrilleros que salieron vivos escoltados sanos y salvos por el Ejército resultarían desaparecidos, así como también murieron civiles en manos del M-19 mientras el edificio estaba en llamas.

A propósito de la toma del Palacio, en 2025 se lanzó la película Noviembre, que cuenta los hechos desde adentro del edificio con los rehenes y los secuestradores en un baño, mientras desde afuera se desarrolla una operación de guerra por la retoma.

Hay momentos históricos que marcan a todas las sociedades y sin duda alguna la toma del Palacio de Justicia fue uno de esos. Hoy la interpretación de los hechos de lo que pasó por esos días es uno de esos divisores invisibles de la sociedad colombiana: en ambos extremos están los que minimizan el papel ejercido ya sea o por el Ejército o por el comando armado del M-19, y en el medio hay miles de tonos de gris con diferentes interpretaciones. Como sociedad tenemos que tener la madurez y humildad para entender la complejidad de los hechos que nos marcaron y no caer en el error de creer que nosotros tenemos la razón absoluta y que quien nos lo cuestione es el enemigo. La justicia tardó décadas en esclarecer estos acontecimientos y algunos siguen sin estar del todo claros. ¿Qué nos hace creer que nosotros somos los dueños de la verdad?

Hoy lo que nos divide ya no es esa antigua división entre liberales y conservadores que marcó a nuestros abuelos, sino algo mucho más complejo: cómo nos posicionamos frente a otros temas tan complejos y contemporáneos como lo fueron esas luchas iniciadas en los años 60 en la generación de nuestros padres. Temas como el papel y los derechos de las mujeres, los derechos reproductivos, el aborto, la eutanasia, la comunidad LGBT, los inmigrantes, los grupos indígenas, las negritudes, nuestra relación con la naturaleza, los animales, y a esto sumado otras pautas tan antiguas como el papel de la familia y de la Iglesia, que todavía se mantienen en un país que, aunque de Estado laico, es de gran tradición católica. Todas estas agendas se quedan pequeñas para una simple visión liberal o conservadora, de izquierda o de derecha.

Entender el pasado para ver hacia dónde vamos

Tras la victoria de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda el pasado 21 de junio en segunda vuelta, tendremos al primer presidente que gobernará con menos del 50% de los votos por lo menos en elecciones recientes. Una diferencia de menos de 250,000 votos y del 1%. Y si observamos el mapa de cómo votó cada región, tenemos casi una copia exacta de lo que fue el plebiscito por la paz en 2016 en que ganó el No por alrededor de 50,000 votos de diferencia. Hay una región central que, con excepción de Bogotá, ganó por el No hace 10 años y que ahora votó mayoritariamente por Abelardo de la Espriella en departamentos como Antioquia, Cundinamarca, Boyacá y Santander; y otra región en lo que es el Caribe, el Pacífico y la Selva Amazónica en que el voto por el Sí y por Iván Cepeda coinciden en su mayoría. Es prácticamente el mismo mapa con unas pequeñas variaciones.

Esta fue una elección muy cerrada como esa de hace 10 años y esa de 1970 en que Misael Pastrana se impuso bajo extrañas circunstancias sobre el General Gustavo Rojas Pinilla. Y si leemos con atención estos dos acontecimientos, nos vamos a dar cuenta de que seguido a estos dos períodos el país se dividió de forma aún más violenta de lo que ya estaba hasta ese momento: hay dos Colombias, cada una con el 49-48% de la población que parece negarse a reconocer a la otra. La verdad, según lo dicho hasta aquí, siempre ha habido dos Colombias.

Pero querámoslo o no, somos tan colombianos como el que tenemos al frente, sea liberal, conservador, de izquierda, de derecha, empresario, trabajador… El problema es que esas diferencias se han instrumentalizado una y otra vez para ponernos los unos contra los otros. El odio genera votos y capital político: ¿qué hubiera pasado si en esa elección de 1970 los liberales y conservadores se hubieran puesto de acuerdo con el candidato perdedor para integrarlo políticamente? Nos hubiéramos ahorrado un derramamiento de sangre de décadas siguientes. Nos hubiéramos ahorrado la toma y la retoma del Palacio. ¿Qué hubiera pasado si el Acuerdo de Paz con las Farc hubiera recibido apoyo mayoritario como lo recibió el acuerdo que le permitió al M-19 convertirse en un partido político y participar de la Constituyente? Hasta la negociación del Gobierno Uribe con las autodefensas recibió un cierto apoyo de la opinión pública. Muestras de que nos podíamos entender una vez y seguir adelante.

Si bien se cometieron errores en todas esas negociaciones y muy probablemente se sigan cometiendo, lo que todo esto demuestra es que este país siempre le ha apostado a la paz como último recurso. Seguramente volvamos allí en un futuro distante.

Llama la atención cómo siempre en ese último recurso hubo un acuerdo de entendimiento mutuo de que el otro tenía tanto derecho a participar en sociedad como nosotros, independiente de si ellos veían al mundo de una forma muy diferente. Lo que importaba era darnos suave, no matarnos, respetar nuestras diferencias y siempre seguir para adelante. Bajo ninguna circunstancia, mucho menos tras el resultado de una elección tan apretada, podemos alegrarnos ante la humillación, la muerte o la venganza de quien no piensa como nosotros.

Parafraseando un texto de Micah Bornfree, una de las líderes del Movimiento Occupy Wall Street, que surgió tras la crisis económica del año 2008, titulado Todos los Caminos llevan al Activismo: no se trata de escoger un lado o el otro, lo cual puede llevar a polarización y violencia. Se trata de darnos cuenta de que ambos lados requieren personas que busquen un cambio social, y es entre esas personas que nos podemos sentar a dialogar de igual a igual. Si Abelardo de la Espriella se sentó en la misma mesa con jefes paramilitares e Iván Cepeda aparece en una foto con miembros del antiguo secretariado de las Farc, ambos durante un proceso de paz ¿qué les impide a ambos sectores sentarse en una mesa a dialogar por un país menos dividido?

Imagen: Craig Bellamy

Daniel Afanador

Daniel Afanador — Nacido en la Colombia de los años 90 y viviendo actualmente en Brasil. Este blog lo empecé en el año 2008 cuando estaba en el primer semestre de periodismo en la universidad. Hablo español, inglés, portugués, francés y un poco de alemán. Ideológicamente de izquierda, marxista y anarquista. Hincha de Millonarios de Bogotá, colecciono camisetas de fútbol, escucho punk-rock melódico y hardcore. Mi comida favorita es la pizza. Comunicador social y periodista de la Universidad de La Sabana y MSc en Comunicación y Prácticas de Consumo por la ESPM/SP. Me encuentran en Instagram como @daniel_afanador o en Bluesky como danielafanador.co. Paré de usar X/Twitter cuando lo compró en Elon Musk.

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