Las fronteras son líneas imaginarias. Sí, estas existen jurídicamente para definir dónde comienza y dónde termina un territorio, pero en términos prácticos no es más que la continuidad de un ecosistema que se extiende alrededor. Son líneas que ni siquiera existían hace 500 años. Y hoy, salvo en fronteras militarizadas como las de Israel y Palestina en Gaza o las dos Koreas, la mayoría de líneas fronterizas tiene como máximo una línea pintada en el suelo, como es el caso de Berlín, donde aún quedan algunos rastros de por donde pasó el muro.
En la película En Tierra de Nadie, del director bosnio Danis Tanović, dos soldados enemigos durante la guerra de Bosnia en los años 90 quedan atrapados en esa línea imaginaria que los separaba de las líneas enemigas, en una guerra en la que justamente se estaban redefiniendo las fronteras de los estados que surgieron tras el colapso de la antigua Yugoslavia. Se trataba de una situación tanto cómica cuanto dramática, pues uno de los soldados había caído herido encima de una mina anti persona que estallaría en mil pedazos al momento en el que se le retirara el peso que tenía encima.
Para los pueblos del Amazonas esta pregunta sobre qué significa una frontera es indiferente. El Amazonas no le pertenecía a nadie hasta antes del siglo XV, si consideramos como referencia la fecha en la que Colón llegó a América (1492) y en que Cabral descubrió Brasil (1500). El continente americano ni siquiera les pertenecía a los pueblos originarios, que cuidaron del territorio durante siglos. Ellos dirían que todo eso le pertenecía a la madre tierra, al sol y a la luna, o a lo que sea en lo que ellos creyeran. Hasta que llegaron los europeos, que con el Tratado de Tordesillas trazaron una línea imaginaria, dejando a España de un lado y a Portugal del otro. Y esa es la razón por la que en Suramérica hablamos español y portugués.
Desde muy pequeño soy muy consciente de que al sur de Colombia existe un departamento del Amazonas, y desde que empecé a estudiar portugués en 2013 tenía una idea de que al norte de Brasil también había un Estado del Amazonas, pero el Amazonas es mucho más amplio que lo que se ve en los mapas de Brasil y Colombia. Este comprende varios estados, departamentos y hasta 9 países. Aquí las líneas imaginarias no son nada claras. Así como puede ser un río el que separa a dos países, como es el caso de la frontera entre Perú y Colombia; hay puntos en que se trazaron líneas de forma recta y arbitraria, como es el caso de varios puntos de la frontera entre Brasil y Colombia.
Es raro conocer a alguien que haya estado en esta parte del planeta. Los principales destinos turísticos del continente suelen estar en las pirámides de lo que alguna vez fue el Imperio Azteca (México), del Imperio Inca en Machu Pichu (Perú), el Salar de Uyuni (Bolivia), la Patagonia (Argentina & Chile) o en cualquier playa paradisiaca del Caribe o de Brasil. El Amazonas, aunque sea el pulmón del mundo, suele estar relegado a un segundo plano para la mayoría de las personas, que lo ven como algo distante muy a pesar de que la globalización nos haya puesto en la palma de la mano lo que pasa al otro lado del mundo.
En parte es entendible, pues el acceso al Amazonas sigue siendo muy limitado si consideramos la extensión de su territorio. Tanto Leticia del lado de Colombia como Manaus del lado de Brasil están separadas por tierra de sus respectivas capitales. No es posible ir por tierra hasta Bogotá o Brasilia. Por su tamaño, el Amazonas podría ser su propio país, con costumbres propias, español y portugués como lenguas oficiales y una diversidad de lenguas indígenas.
De esta magnitud se dieron cuenta los militares en Brasil cuando durante la dictadura (1964-1985) les pareció que sería una idea genial construir una carretera atravesando de este a oeste el país. El nombre de este proyecto era la Transamazónica. Así como la carretera panamericana supuestamente debía unir todo el continente desde el norte de Canadá hasta el sur de Argentina, para la misma época los militares querían hacer una conexión de extremo a extremo. La BR-230, como es conocida esta carretera, uniría 7 estados de Brasil desde Paraíba al Nordeste hasta el de Amazonas en la ciudad de Benjamin Constant, a unos pocos kilómetros de la frontera con Colombia. Obviamente los militares subestimaron el poder de la naturaleza y el proyecto fue abandonado, dejando grandes tramos sin siquiera ser pavimentados y a merced de la naturaleza cada vez que llueve para dejar vehículos enterrados en el barro. Es la naturaleza defendiéndose.
Hace pocos años fue noticia el accidente de un avión en medio del Amazonas colombiano en el que murieron todos sus 12 pasajeros, excepto 4 niños, que sobrevivieron durante 40 días con los conocimientos que habían sido pasados de generación en generación sobre cómo convivir con la naturaleza. Las Fuerzas Armadas, que tienen acceso a tecnología y recursos para moverse en la selva, no lograron dar con los niños y casi se dieron por vencidos, hasta que con la ayuda de la Guardia Indígena de varios territorios, en un sueño le fue revelado a uno de los líderes de estas comunidades adónde estaban exactamente los niños. Después de 40 días, los encontraron en un punto por el que los militares habían pasado varias veces. La explicación del lado de los indígenas era que la naturaleza estaba protegiendo a los niños, pues esta no confiaba en los hombres blancos. Era, una vez más, la naturaleza defendiéndose.
Países similares a Brasil en cuanto a su tamaño continental y atractivo turístico podríamos tener como referencia a México y a Australia, que están a años luz por delante de Brasil en términos de turismo. Es mucho más fácil para las aerolíneas llevar a alguien a Australia o a México y de allí hacia otros destinos locales, que a algunos lugares en Brasil. Para ir al Amazonas desde Europa sería posible que la escala se haga en São Paulo o Río de Janeiro, que quedan en la región sudeste del país, más cerca de Argentina, para luego volver a subir durante 4 horas al Amazonas, en la región norte. Es decir, no hay tantos aeropuertos internacionales ni conexiones aéreas en la región.
Colombia, aunque más pequeño, parece estar yendo en la dirección correcta en términos de turismo. Con 21 millones de visitantes, en 2025 fue el país que más turistas internacionales atrajo en Suramérica. El Aeropuerto El Dorado de Bogotá está en un punto estratégico del continente entre norte, centro y Suramérica. Brasil, por otro lado, aunque goza de una imagen positiva ante el mundo, tiene mucho potencial sin explotar. Esto en parte tiene que ver con el costo-Brasil (tema del que escribí aqui en el blog) y aquella frase usada por empresarios locales de que Brasil no es para amadores (amador = principiante en portugués).
Por todo esto es que ni los turistas ni los locales suelen visitar el Amazonas. Es caro y distante. Desde Río de Janeiro o São Paulo es más barato ir a Argentina o Uruguay que al Nordeste o Norte del país. Es mucho más fácil ir a Leticia desde Bogotá, a 2 horas de vuelo.
En los últimos años los ojos del mundo se volcaron hacia esta parte del planeta. Yo como colombiano por lo menos la tenía en el radar porque siempre fue un escenario importante en lo que ha sido la guerra en Colombia. La guerrilla de las Farc solía ser muy fuerte en los territorios al sur del país, que es prácticamente solo selva. Varios escenarios como el fallido proceso de paz en el Caguán (1999-2001); la Operación Jaque (2008), en la que el Ejército Colombiano liberó a 15 secuestrados; y la muerte de sus máximos comandantes antes de firmar el Acuerdo de Paz en 2016; eran noticias que solían llegar desde el sur del país, donde las Farc funcionaban como un Estado paralelo. Y por ser un escenario de guerra, era prácticamente prohibitivo si quiera pensar en ir a varios departamentos de Colombia durante mucho tiempo, pues no era territorio controlado por el Estado Colombiano, sino por las Farc y el crimen organizado. No voy a decir que Colombia hoy sea un país libre de violencia, ya que de hecho hay varios problemas de orden público, sobretodo en el Catatumbo, en el Cauca y en la Costa Pacífica en este momento; pero sí hay que reconocer que los niveles de violencia que el país vivió en los años 80 y 90 fueron desescalando y eso impacta en la imagen positiva que tiene el país ante el resto del mundo.
Sin querer adentrarme en los pormenores de las dinámicas del conflicto en Colombia, mi punto aquí es que hay un gran desconocimiento sobre toda la Selva Amazónica. O las noticias que nos llegaban eran malas o ni siquiera nos llegaban. Debido a esto, durante mucho tiempo estuvo más asociada al crimen organizado, que a la naturaleza. Y lo que hizo que se volviera a hablar de ella recientemente eran justamente los crímenes ambientales como minería ilegal, deforestación y tráfico ilegal de especies. Crímenes que se estaban cometiendo en el pulmón del mundo, hogar de la mayor biodiversidad de especies y de uno de los dos ríos más largos del planeta en la misma época en la que sentíamos el impacto de primera mano del cambio climático. Hoy que una ciudad se inunde por las lluvias es una lotería que le puede pasar a cualquiera. En 2024 fue la primera vez que Porto Alegre, una capital al sur de Brasil, quedó por debajo del agua durante semanas. El hombre y su relación con la naturaleza habían causado esto, y quizás en el Amazonas tuviéramos las respuestas antes de que fuera irreversible.
Esto lo advirtió el periodista inglés Dom Philips, quien en un viaje como corresponsal al interior de la región quedó enamorado, pero también se empezó a cuestionar sobre el crimen organizado que controlaba la región. Eventualmente, en una de sus investigaciones Philips se topó con alguien muy poderoso y fue asesinado en el año 2022 en el Valle de Javari, uno de los muchos brazos del Río Amazonas en Brasil.
En su momento, el Gobierno de Jair Bolsonaro minimizó el episodio, cuestionando qué se había metido Philips a hacer allí, lo que eventualmente se convirtió en presión internacional para por lo menos encontrar el cuerpo. Y cuando lo encontraron, Philips había dejado varios borradores de lo que más adelante se convirtió en el libro Cómo Salvar el Amazonas, terminado por amigos, colegas y familiares que le dieron un cierre a todos los capítulos. En el libro, Philips cuenta cómo sería posible desarrollar económicamente el Amazonas sin apelar a economías ilegales, y muy por el contrario explicando con testimonios de habitantes y empresarios de la región que una planta exótica o el veneno de algún animal podrían ser fuentes de investigación para que la industria farmacéutica descubra algún medicamento que todavía no existe.
Philips ni siquiera había nacido en este continente, y conocía la región mejor que nadie. Eso sí, el cariño empezó porque años antes se había casado con una brasilera y vivió durante muchos años en Río de Janeiro cuando era apenas un corresponsal de noticias. Y a Bolsonaro, que en su momento minimizó el crimen, lo apoyaban grupos que defienden que el Amazonas sea explotado de forma descontrolada, al tiempo que les quitó poderes y recursos a los órganos que hacían vigilancia y control ambiental en la región como el Ibama.
Cuando fui al Amazonas a comienzos de este año, sabía apenas algunas de las cosas que estoy contando aquí. Hice un viaje en barco desde la frontera, donde quedan las ciudades de Leticia (CO) y Tabatinga (BR) hasta Manaus (BR), la mayor ciudad construida en medio de la selva amazónica. Hay cerca de 1,000 kilómetros de distancia, el Río Amazonas y 4 días que separan estos dos puntos. Conocí cómo los pueblos indígenas se relacionan con la naturaleza, algo que Philips vivió durante años y que estuvo dispuesto a defender al punto de pagar con su vida. De todo esto ni siquiera se encuentra información en Internet. Hice el viaje porque conocía a otras personas que lo habían hecho y siempre me llamó la atención. Yo solo sabía que tenía que tomar un vuelo de Bogotá hasta Leticia, y que en Tabatinga, al otro lado de la frontera, preguntar qué días de la semana salían los barcos hacia Manaus. Dormía en una hamaca y tenía que llevar mi propio plato, vaso y cubiertos para las comidas.
Para mí sigue siendo algo místico que Brasil y Colombia compartan 1600 kilómetros de frontera. Al final los países donde nací, crecí y en donde ahora estoy, lo que refuerza mi idea de que las fronteras son solo líneas imaginarias. Estoy tan convencido de ello, que en el brazo izquierdo me tatué hace unos años una línea imaginaria que esperaba algún día conocer en persona.
Les comparto algunas de las fotos que tomé durante mi viaje. Lo único que puedo decir sobre esta experiencia es que estar en medio del Amazonas sin conexión a Internet durante 4 días es como estar en un retiro espiritual y lo hace valorar las comodidades que uno tiene en la ciudad. Una experiencia que todo el mundo debería conocer.
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