A diferencia de las teorías de la conspiración como la de la Tierra plana, que el hombre nunca llegó a la luna o que las vacunas tienen el poder de implantarnos un microchip para controlarnos, el Proyecto 2025 tiene nombre de conspiración, pero es un documento público de casi 1,000 páginas escrito antes de las elecciones de 2024 por la Fundación Heritage, un Think Tank de los Estados Unidos, en el que se recopilan ideas ultra conservadoras que habrían de servirle como hoja de ruta a un posible segundo mandato de Donald Trump.
Alrededor de temas como seguridad nacional, inmigración, género, familia, comercio y medio ambiente, varios ideólogos cercanos al Partido Republicano trazaron un plan. Tras su primer mandato, se dieron cuenta de que cometieron una serie de errores por no tener ningún tipo de experiencia gobernando un país. Hasta ese momento, no se les pasaba por la cabeza que Trump realmente pudiera ganar. Debido a esto, uno de sus primeros errores sería llegar al Gobierno y no saber a quién poner en cargos clave. Eso les hizo perder tiempo. Y muy por el contrario, se encontraron en el camino a miles de funcionarios públicos de carrera y jueces que conocían mejor el sistema desde adentro, y que lograron poner una cierta resistencia.
Esto queda muy en evidencia cuando observamos que la administración Obama deportó más inmigrantes que la administración Trump, siendo que esa era una de sus principales banderas, como también lo era la promesa de construir un muro en la frontera con México. Habiendo aprendido de esa primera experiencia, tener una hoja de ruta clara sería lo que en 2025 le permitiría a la nueva administración fortalecer el ICE, desmontar los programas de cooperación internacional de USAID y permitir que Elon Musk y sus secuaces tuvieran acceso a bases de datos de ciudadanos norteamericanos desde el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), el cual hacía parte de un esfuerzo por desmontar el sistema desde adentro. Esta segunda administración parecía tener un guion que se estaba siguiendo al pie de la letra, y que lo hacía ver como un gobierno más agresivo que el primero.
Sobre el Proyecto 2025, el periodista norteamericano David Graham publicó el libro The Project: How Project 2025 is Reshaping America, en el cual se rescata un testimonio de Rex Tillerson, quien serviría como Secretario de Estado del primer Gobierno Trump entre 2017 y 2018, en el que afirma sobre Trump que
«su comprensión sobre los eventos globales, sobre la historia global y sobre la historia de los Estados Unidos era bastante limitada. Es muy difícil tener una conversación con alguien que ni siquiera entiende el concepto por el que estamos hablando de (todo) esto».
Entre las ideas ultra conservadoras del Plan 2025 había desde negacionismo alrededor del cambio climático y sacar a los Estados Unidos del Acuerdo de París para así fortalecer las industrias petrolera y automotriz, hasta la eliminación de los programas de diversidad e inclusión (DEI), con los que no se reconocía a las personas trans como tal. Se buscaba con esto imponer una visión binaria del mundo, en la que una persona solo se podía identificar a sí misma con su género de nacimiento. Y esa lógica se aplicaba a los enemigos políticos: a todos los que se han puesto en el camino de la nueva administración se les ha tildado de comunistas, socialistas o marxistas, inclusive a periodistas y al propio Partido Demócrata, que en un espectro político estaría en el extremo opuesto de lo que es el Partido Comunista Chino. Es una visión tan simplista y caricaturesca, que Antifa fue declarada como una organización terrorista, siendo que el antifascismo es apenas una idea, no una organización con estructura política a la que alguien se pueda asociar y tener un carné de miembro. Hace casi 1 siglo los propios Estados Unidos pelearon al lado de los antifascistas en la segunda guerra mundial…
La agenda antiaborto, otro de los temas abordados en el Proyecto 2025, hacía más difícil que una mujer tuviera acceso a un procedimiento seguro cuando lo necesitara. De hecho, deja en el aire la amenaza de perseguir a mujeres y médicos que hayan tenido contacto siquiera con una clínica que ofrezca este tipo de procedimientos, lo que sería agravado en 2022 por una decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos con la anulación de Roe v. Wade, una sentencia que protegía la libertad de una mujer para elegir abortar sin muchas restricciones del Gobierno. Por ejemplo, hay situaciones en algunos países en las que si una mujer fue víctima de un abuso sexual, si su vida corre peligro o si el bebé pudiera nacer con malformaciones que le impidan vivir, el aborto está permitido. Y hay situaciones más complejas en las que esa mujer podría ser apenas una niña que además de haber sufrido un abuso sexual no tendría las condiciones psicológicas ni materiales para criar a un bebé.
Fanáticos religiosos, cercanos a iglesias evangélicas, y afines a esta forma de ver los derechos reproductivos de la mujer, serían uno de los pilares del Proyecto 2025. Se trata de una forma muy particular de ver el mundo, según la cual la mujer solo debe cumplir con un papel dentro de la familia tradicional, impidiéndole hasta trabajar o ejercer su derecho al voto, y que debe por el contrario dedicar su vida a cuidar a los hijos en casa y permitir que sea el hombre y solo el hombre quien sustente a la familia. De ahí que las Tradwives, modelos de esposas tradicionales, se hayan vuelto una tendencia en los últimos años como algo muy cool en las redes sociales y a lo que se busca que una mujer aspire desde algunos círculos como la Iglesia de los Mormones, otro de los grupos afines a esta agenda.
Hasta hace poco esta forma de ver el mundo sería algo más esperado de una República Teocrática o alguna monarquía fundamentalista de Medio Oriente, en países como Afganistán o Arabia Saudita. Ahora se trataba de normalizar ese mismo tipo de ideas, solo que con una visión basada en el Antiguo Testamento y en la mayor democracia de occidente. Quizás lo más parecido que habíamos visto hasta ahora era en El Cuento de la Criada, la obra llevada a la televisión de Margaret Atwood, en que las mujeres son usadas como esclavas para procrear. Tanto en la obra como en la vida real, basta una firma para eliminar los derechos alcanzados por las mujeres en los últimos 100 años, y Trump fue de los pocos políticos en Washington capaces de prestar su nombre para un proyecto como este.
Trump no llegó hasta aquí solo. En los años 2000 Trump consideró lanzarse a la presidencia, pero la opinión pública no se lo tomaba en serio. Hasta antes de las elecciones de 2016, el sentimiento era el mismo. Para esas elecciones, nadie se tomaba en serio la posibilidad de que Donald Trump pudiera llegar a ser presidente de los Estados Unidos. Era una idea muy loca. Se trataba de un empresario multimillonario que se presentaba como el Self Made Man con sus negocios inmobiliarios y que había sido protagonista de un Reality Show (The Apprentice), lo que daba a entender que cualquiera que trabajara muy duro podría ser como él. Era una figura polémica por sus declaraciones y posturas radicales, pero común y corriente al final del día, porque decía lo que cualquier persona a la derecha del espectro político diría en una conversación con amigos en un bar, sin miedo a ser cancelado. Este tipo de declaraciones se había vuelto cada vez más común desde la ascensión de la Internet, las primeras comunidades online, los foros y las redes sociales, que le fueron quitando el espacio que otrora manejaban los medios tradicionales de comunicación como la radio, la televisión y la prensa, ahora abriendo el micrófono a cualquiera que tuviera una cuenta de Twitter con muchos seguidores.
Los primeros seguidores de Trump, que de hecho supieron apropiarse muy bien de estos espacios, resultaron ser el ala más radical del Partido Republicano. El partido que había lanzado a la Presidencia a figuras nada moderadas como Ronald Reagan, uno de los precursores del neoliberalismo en los años 80, y a George Bush, que en su afán de venganza tras el 11 de septiembre, desató una guerra contra el terrorismo en oriente medio, invadiendo Iraq y Afganistán a comienzos de los años 2000. Una guerra de Vietnam 2.0 porque al final los Talibán se quedaron en el poder.
Por increíble que parezca, había figuras mucho más a la derecha de Reagan y de Bush que nadie se había tomado en serio hasta ese momento, lo que acabaría convirtiéndose en el Movimiento MAGA: Make America Great Again (o Volver a Estados Unidos Grande Nuevamente). Y junto a estos había supremacistas blancos, miembros del KKK, neonazis, antisemitas, ciegos seguidores de teorías de la conspiración, terraplanistas, antivacunas y evangélicos fanáticos. De los años 2010 para acá, Trump se apropió de los miedos y aspiraciones de todas estas personas y los puso sobre la agenda pública como temas de discusión pública, algo que hasta poco tiempo atrás hubiera sido polémico. Esta gente solía vivir escondida, pero el 11 de septiembre desató un sentimiento de patriotismo que se saldría de control años más tarde.
Algo que ignoramos durante mucho tiempo fue el papel que desempeñaron en este proceso las Big-Techs, sus fundadores y primeros inversionistas, que resultaron ser unos completos lunáticos. Pero para hablar con nombre propio sobre a quién me refiero como lunático, podemos referirnos a figuras como Peter Thiel, Marc Andreessen y Elon Musk, que desde mucho antes de que Trump fuera presidente ya tenían posiciones por lo menos polémicas, muy cercanas al racismo y al supremacismo blanco. El hecho de que todos ellos estuvieran por detrás como inversionistas de varias de las empresas de tecnología que hoy usamos en el día a día como Twitter/X, Facebook y OpenAI haría que opiniones hasta hace poco polémicas se fueran normalizando en el debate público, en principio entre sus círculos más cercanos, luego con sus seguidores en redes sociales y luego ante la opinión pública y medios de comunicación en general, que convertirían en noticia cualquier declaración banal. En 2014, Elon Musk predijo que para 2024 ya habría seres humanos viviendo en Marte.
Thiel, uno de los fundadores de PayPal y primeros inversionistas de Facebook, leyó en los años 90 El Individuo Soberano, un libro que se acabaría volviendo una obra de culto entre los primeros inversionistas de las empresas de tecnología de los años 90 y 2000 en los Estados Unidos por proponer una filosofía muy cercana a las ideas libertarias y anarco capitalistas, normalizadas hoy en día, según las cuales el Estado no debería siquiera existir. El Estado, según los seguidores de El Individuo Soberano, es una amenaza a las libertades individuales, y se debería fomentar la libre empresa y la libre competencia, lo cual haría libre al individuo. Todo lo que el Estado ofrece como seguridad, salud, educación e infraestructura, podría ser ofrecido por empresas privadas guiadas por el lucro y las ganancias. No habría impuestos y nada impediría la acumulación de riqueza.
Lo que estaba por detrás de estas ideas libertarias, afirman Naomi Klein y Astra Taylor, en realidad era un deseo de «personas ricas y reacias a pagar impuestos para levantarse y crear sus propios feudos de alta tecnología». Era algo que iba más allá del neoliberalismo de los años 80 porque el Estado ni siquiera existiría. Esa es la idea de Jeff Bezos y Elon Musk cuando se refieren a iniciar una colonia en Marte. Por fuera del planeta Tierra no hay jurisdicción que valga, que es también lo que intentó ser el Metaverso, un universo de realidad virtual ideado por Mark Zuckerberg, que fracasó rotundamente. Se trataba de crear jurisdicciones que funcionaran más como una Startup, una empresa de tecnología, que como un Estado soberano. Esta era una propuesta que llamaba mucho la atención en la Bahía de San Francisco, que es de donde provienen la mayoría de estas empresas y los tecno oligarcas de los que ya hablamos en un texto anterior.
Idealmente para Thiel y sus seguidores, Estados Unidos sería un Estado de este tipo. O podrían romper el país en micro territorios, cada uno con su propia soberanía, moneda, ejército y leyes. Algo así ya lo intentaron en Honduras con Próspera, una ZEDE (Zonas de Empleo y Desarrollo Económico) que tiene su propia jurisdicción y leyes. En 2023, Trump propuso crear diez ciudades de la libertad dentro de tierras federales en los Estados Unidos — en vez de proponer mejorar la calidad e vida de quienes ya viven en alguna ciudad real existente. Similar son las intenciones por quedarse con Groenlandia, e incluso se ha llegado a insinuar que territorios como Cuba, Gaza o de Venezuela tras la caída de Maduro podrían operar de la misma forma.
Y esta lógica explica también el nacimiento de las criptomonedas, cuyas transacciones no se pueden rastrear, facilitando el blanqueo de capitales, el comercio ilegal, el tráfico de drogas, el crimen organizado y la evasión de impuestos. Si una moneda pudiera competirle al dólar, esto debilitaría al Estado Americano, y justo esto fue lo que se intensificó desde los años de la pandemia para acá con el crecimiento exponencial de los capitales asociados a criptoactivos, el surgimiento de un puñado de billonarios cuya riqueza se sustenta más en Bitcoins, que en dinero respaldado por algún Estado soberano. Hoy casualmente la mayor parte de la riqueza de Donald Trump depende más de sus negocios con criptomonedas que en el sector inmobiliario al que se dedicó toda la vida.
Hoy se cumplen 25 años de los atentados del 11 de septiembre y todo lo que estamos hablando aquí tiene su mayor detonante ese martes por la mañana en que dos aviones chocaron contra el World Trade Center en un atentado terrorista comandado por Al Qaeda. Entre la caída del Muro de Berlín en 1989 y ese día hubo un período de relativa normalidad en la que Estados Unidos, la democracia y el sistema capitalista se declararon ganadores absolutos de la guerra fría, pero ese corto período de tiempo se llenó de un exceso de confianza según el cual nada podría detenerlos. Era inimaginable que alguien diferente a un Estado nacional pudiera cometer un ataque de tales magnitudes. Los ataques terroristas de ese día demostrarían que occidente se podría quebrar desde adentro por sus propios ciudadanos enseguecidos por el odio y la venganza. Con una declaración del entonces presidente George Bush de que solo se podía estar con ellos o contra ellos, gran parte del público estadounidense se volcó hacia un sentimiento de patriotismo exacerbado, que sería el que les abriría las puertas a los que eventualmente terminarían eligiendo a Donald Trump en dos oportunidades años después.
Hace una semana la AFD, el movimiento de extrema derecha en Alemania, ganó unas elecciones en Sajonia-Anhalt, un Estado que solía pertenecer a la antigua República Democrática Alemana (RDA), la Alemania que quedaba detrás de la cortina de hierro. El territorio que durante décadas se mostró en occidente como un pueblo oprimido por la antigua Unión Soviética es desde hace poco más de 10 años la incubadora para desestabilizar a occidente desde adentro, con formas muy parecidas de ver el mundo a como lo ven figuras como Donald Trump y Vladimir Putin, que no reconocen la legitimidad del sistema democrático y más bien usan el sistema para destruirlo, proteger sus propios intereses y los de una oligarquía corrupta. Este escenario ha resultado ser la receta perfecta para debilitar a todas las democracias de occidente y caer en el juego de líderes de países autocráticos como Rusia, China, Irán y Arabia Saudita. A todos estos países les conviene que no exista un sistema internacional de contrapesos que defienda la democracia, que hoy representa una amenaza para ellos, sino que haya una diversidad de sistemas autoritarios para que cada uno opere sin la interferencia de todos los demás. Es como los Estados Unidos de Trump funciona desde enero de 2025 y lo que más le conviene es que ni la ONU, ni la Corte Penal Internacional les diga lo que pueden o no hacer.
Quería cerrar este texto con una observación del vídeo de Wake me up when September Ends de Green Day, una canción que fue escrita en ese post 11 de septiembre y que volví a escuchar mientras escribía este texto. El vídeo muestra a una pareja de jóvenes muy enamorados, que poco después aparece peleando porque el hombre decide enlistarse en el Ejército y luchar esa guerra contra el terrorismo que se desató en ese año. Hay un mensaje sutil en ese vídeo y es que ella no se pelea con él solo por querer ir a la guerra de forma egoísta, sino porque algo cambió en él y este había empezado a ver el mundo como todos esos patriotas que surgieron en esa época. Él se defendía diciendo que estaba haciendo eso «por ellos» (por nosotros, el pueblo estadounidense).
Y una observación para cerrar el texto es que el nuevo Presidente de Colombia, así como los presidentes de Argentina, El Salvador, Chile, Ecuador, Israel y compañía son seguidores incuestionables del modelo Trump. Nosotros también fuimos invadidos por ese sentimiento de fanatismo y nos toca ahora cargar con una parte de la responsabilidad.
Imagen: southerntabitha
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