Make America Great Again* (hacer a América grande nuevamente) fue el lema de la campaña presidencial ganadora en las elecciones de Estados Unidos en 2016. Una vez más, y durante los próximos 4 años, será la hoja de ruta del presidente Donald Trump para la mayor potencia del mundo occidental. Junto a él, tenemos desde billonarios oligarcas de las grandes empresas de tecnología como Musk, Zuckerberg y Bezos, quienes lo acompañaron el día de su posesión (no tan diferente a los oligarcas rusos que se adueñaron de lo que quedó de la antigua Unión Soviética y que hoy rodean a Vladimir Putin), hasta neo-nazis y supremacistas blancos que añoran los tiempos en que, como reza el lema de campaña, norteamérica era una nación próspera (a costa de la segregación racial).

Trump no había terminado de posesionarse en el cargo y ya estábamos debatiendo si estaba bien o no hacer un saludo nazi como primer acto. Y es que uno de los primeros gestos de Elon Musk el pasado 20 de enero fue un saludo romano, símbolo usado desde hace más de un siglo por los nazis y otros movimientos fascistas. Este sería el símbolo de que tecnología y extrema derecha convergen en algún momento y que esa convergencia hará parte de la agenda de la Casa Blanca durante los próximos 4 años.

Musk, que también es el nuevo Codirector del Departamento de Eficiencia Gubernamental del Gobierno Trump, y quien se hizo con X/Twitter en 2022, empezó a remover las políticas de moderación de contenido de la plataforma, que definían hasta entonces lo que se podía o no decir, una política que estaba en permanente construcción desde que el servicio fuera lanzado en 2006. Según Musk, las políticas de entonces estaban «limitando» la libertad de expresión, principalmente para los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana, mientras que las Big-Techs, que son todas las grandes empresas de tecnología, los estaban censurando, aseguraba.

Según lo entiende la extrema derecha, la libertad de expresión «permite» que alguien difame, divulgue noticias falsas y hasta haga comentarios racistas o anti semitas, lo cual en Estados Unidos estaría protegido por la Primera Enmienda. De ahí que movimientos como el KKK u otras organizaciones supremacistas como los Proud Boys no sean perseguidas en ese país. La extrema derecha, usando el modelo de Estados Unidos como referencia, ignora que en otros lugares del planeta hay límites como lo son la difamación, la injuria o la calumnia, así como también está prohibido entrar a un estadio lleno y decir que han puesto una bomba porque sí. Es peligroso.

Hasta hace no mucho tiempo, los nazis vivían escondidos. Ahora tienen plataformas enteras y protección legal para ejercer su derecho irrestricto a lo que a su entender es libertad de expresión.

Peligros reales: intentos de golpe y difamación

Era comienzos del año 2021 y el Capitolio de los Estados Unidos había sido asaltado, dejando un saldo de 5 muertos, más de 50 detenidos y 14 policías heridos. En Brasil, un año después, pasaría exactamente lo mismo con los seguidores enfurecidos de Jair Bolsonaro, que destruyeron la plaza de los tres poderes en Brasilia al no reconocer su derrota en las urnas. Todo había comenzado justamente con el «derecho» de estos grupos que hacían apología a la violencia a decir que las elecciones habían sido fraudadas, así no tuvieran prueba de ello. Este contenido sería distribuido de forma descontrolada por plataformas como Facebook y WhatsApp. Era similar a decir que una vacuna no funciona por algo que un desconocido dijo en la Internet. Y como una bola de nieve que no para de crecer, una mentira repetida mil veces casi se convierte en una verdad que solo existía en sus cabezas. Lo tenían que convertir en verdad con el uso de la fuerza e intentaron así un golpe de Estado.

Hace un par de días, Meta —propietaria de Facebook, Instagram, Threads y WhatsApp— anunció que se juntaría a Twitter en su decisión de eliminar sus programas de moderación de contenidos, removiendo además el programa de verificadores de datos en territorio estadounidense. La plataforma optaría por usar un programa de notas de la comunidad similar al que tenía Twitter, en que no son agencias verificadoras las que revisan el contenido potencialmente peligroso para alertar a los usuarios, sino que sería la propia comunidad la que se tendría que poner de acuerdo. Entre el momento en que la publicación se haga y en que se pongan de acuerdo, la publicación ya habrá alcanzado a miles de usuarios. El daño estará hecho.

Hasta antes de estos cambios, este programa permitía que agencias especializadas en confirmar o desmentir noticias monitorearan muchas de las noticias falsas que circulaban en la plataforma y las etiquetaran para que los usuarios tuvieran más criterios sobre asuntos delicados, principalmente en temas políticos, sociales y de salud. En adelante quedaría en manos de la propia comunidad, que no es especialista en temas informativos, la que vendría a definir cuándo un contenido es potencialmente falso o peligroso.

Debido a que los programas de verificación de contenido y de moderación manual de Meta no eran escalables por todo el volumen de publicaciones que circulan en la plataforma por segundo, en el libro The Power of One, Frances Haugen, quien sería la gerente de producto que le filtró al Wall Street Journal más de 20 mil documentos confidenciales de Meta en 2021, estimaba que con todos sus esfuerzos Meta no era capaz de remover más del 5% del contenido tóxico circulando en la plataforma. Es decir que con todos los millones de dólares invertidos en tecnología y personas para moderar contenidos tanto de forma automática como manual, seguía circulando más del 95% de contenido potencialmente peligroso. Y lo triste —explicaba Haugen— era que sería posible cubrir mucho más que el 5%, pero a niveles ejecutivos muy altos de la compañía, llegando a Zuckerberg, temían que esto fuera a afectar las métricas de Engagement, que son las que se usan para medir, por ejemplo, cuánto tiempo pasa un usuario al día usando Facebook o Instagram, el número de interacciones, el tiempo en pantalla, etc. La lógica era que al limitar el alcance de estos contenidos se alejaría a los usuarios porque el servicio sería cada vez menos interesante y las plataformas de Meta pararían de crecer. Es decir, altos ejecutivos de Facebook lestaban al tanto de todo esto y nunca hicieron nada.

Sobre este tipo de contenido circulando en redes sociales, recordemos que durante su campaña Trump llegó a afirmar —nuevamente sin pruebas para luego ser desmentido— que inmigrantes haitianos se estaban comiendo las mascotas de las personas en la ciudad de Springfield. Este sería el tipo de contenido circulando libremente en Facebook y que de ser removido afectaría las métricas de Engagement. En otras palabras, a partir de ahora tendremos que convivir con el consentimiento explícito de las plataformas de Meta y de X de que en temas como inmigración, género e identidad de género está bien señalar al otro como alguien potencialmente peligroso o con algún tipo de discapacidad mental.

Por supuesto, todo esto genera violencia en el mundo real, como pasó tras las elecciones de Estados Unidos y de Brasil.

Extrema derecha y Big-Techs: una relación perfecta

Más allá de las creencias personales de Musk, Zuckerberg y compañía sobre libertad de expresión, estos están actuando meramente como CEOs y máximos accionistas que se tienen que acercar por conveniencia a un nuevo Gobierno con el que tendrían menos fricciones, como lo aseguró Zuckerberg en un audio filtrado a finales de enero. Poco importan las posiciones sexistas, xenófobas o racistas de Trump, o que este hasta haya sido declarado culpable de 34 delitos por la Justicia de Nueva York meses antes de asumir el cargo. Tampoco importa que Zuckerberg sea de familia judía o que Musk haya sido inmigrante cuando llegó a los Estados Unidos la primera vez. De hecho venía de un país en el que hasta los años 90 el appartheid estaba protegido la ley.

Lo que importa en todos estos casos es que el dinero de los inversionistas esté asegurado y que el valor de las acciones se mantenga alto. Es la lógica capitalista de nunca parar de crecer. Ignoran que lo único que en realidad nunca para de crecer es el cáncer.

La fortuna de Musk, Bezos y Musk está por encima de los $120 BILLONES de dólares cada uno.

Justo esta semana, Wall Street entró en pánico porque una empresa china llamada Deepseek desarrolló una Inteligencia Artificial mucho más eficiente y que consumía menos recursos que los desarrollados por OpenAI, Google y Meta. Esto haría que en un solo día la desvalorización de varias empresas juntas acumulara la suma de $1 trillón de dólares, equivalente al PIB de Arabia Saudita. Esto significaba que empresas de tecnología como Meta, Alphabet, Amazon y Apple, de microchips como Nvidia, así como el propio Bitcoin, que juntas se habían valorizado el equivalente a $ 11 trillones de dólares de 2022/2023 para acá, podían derretirse con la misma facilidad que se habían valorizado en estos últimos 2 años. Como recordatorio, $ 11 trillones equivale al PIB de Alemania, Reino Unido y Japón juntos. Todo esto lo explica Eduardo Moreira en el vídeo de arriba (en portugués).

Si el poder de la Inteligencia Artifical había estado en pocas manos hasta ahora, con este anuncio otras empresas más pequeñas, Startups o la propia China entrarían a competir contra Silicon Valley como ya lo hacía con TikTok, Temu o DIY, pues Deepseek es además de código abierto. Comenzaba así una carrera similar a cuando los rusos enviaron el primer satélite al espacio, el Sputnik. Freddy Vega de Platzi lo comparaba con el lanzamiento de Google en los 90 (vídeo abajo).

Lo que llama la atención de las Big-Tech, estas empresas de tecnología que desarrollaron redes sociales, plataformas de comercio electrónico, de streaming, tiendas de aplicaciones, buscadores y ahora modelos de inteligencia artificial, es que son unas pocas empresas con un puñado de máximos accionistas cuyos valores de mercado ascienden a $TRILLONES$ de dólares, mucho más que algunas de las mayores economías del mundo, pero que son de ese tamaño por el simple hecho de que nosotros los usuarios pasamos horas y horas al día frente a la pantalla de nuestros celulares, desplazándonos infinitamente hacia abajo, consumiendo contenido sin parar, alimentando con nuestros datos las métricas de engagement.

Aunque algunos de estos servicios son gratuitos, en realidad pagamos con nuestros datos personales, que son los que al final mejoran a los algoritmos y a toda la inteligencia artificial que hay detrás. Todo post o anuncio que nos aparece mientras navegamos está ahí porque una inteligencia artificial que sabe todo de nosotros así lo decidió.

Yanis Varoufakis, en su libro Tecnofeudalismo, usa la analogía de que si en la serie Mad Men nos mostraban lujosas agencias de publicidad en Nueva York en los años 60, en que había mentes creativas pensando en la próxima gran campaña para vendernos un nuevo producto, estos algoritmos de hoy se entrenan a sí mismos para ejecutar esa misma tarea: vendernos algo mientras creamos una relación de dependencia con estas aplicaciones. De hecho, a los algoritmos los entrenamos nosotros mismos al usarlos. Es un ciclo infinito en el que nuestro tiempo en pantalla mejora el algoritmo y el algoritmo mejora el contenido que se nos quiera mostrar. En ese medio tiempo se nos va a sugerir todo el tiempo qué producto comprar o que pasemos más tiempo dentro de la aplicación.

Las aplicaciones están hechas para ser adictivas y el algoritmo lo hace posible por medio de notificaciones, gratificación instantánea y contenido novedoso. Para el cerebro funciona muy parecido a una droga. Todo esto se hace posible a partir de los datos que tienen de nosotros, ya saben qué ofrecernos antes siquiera de que lo pensemos. Como cuando la gente cree que el micrófono del celular escucha las conversaciones y que con eso se nos muestran anuncios.

Aclaración: no es que nuestros celulares tengan el micrófono activado escuchando todo lo que hablamos para mostrarnos un anuncio muy específico, sino que la inteligencia artificial puede hacer eso y mucho más de forma mucho más discreta. Usar el micrófono sería algo muy rústico y el Congreso de Estados Unidos o la Unión Europea ya habrían puesto un grito en el cielo.

En el caso de las plataformas que no son gratuitas, como cuando compramos algo en Amazon o vemos una película en Netflix, pagamos no solo con datos, sino que también les damos nuestro propio dinero. El hecho de que paguemos no los impide de que sigan usando nuestros datos.

Es este modelo —asegura Varoufakis— el que va a acabar con el capitalismo como lo conocemos: ese modelo en el que nosotros pagamos con nuestros datos Y con nuestro dinero para usar servicios que no son solo indispensables, sino completos monopolios. A esto Varoufakis le da el nombre de tecnofeudalismo, que es algo que va mucho más allá porque está basado en datos y algoritmos que hacen a estas empresas cada vez más grandes y eliminan cualquier posibilidad de competencia. Al final, nadie acumula tantos datos y los datos son los que hacen que el algoritmo sea cada vez mejor y que el servicio sea adictivo.

La mayoría de la estructura sobre la que corre Internet o está en la nube de Amazon, Google o Microsoft. Las dos únicas tiendas de aplicaciones para celulares pertenecen a Apple y a Google. Las plataformas de Meta tienen cerca de 4 BILLONES de usaurios.

Feudalismo, capitalismo y tecnofeudalismo

Varoufakis explica que, de la misma forma en que el capitalismo acabó con el feudalismo en la era industrial, justo ahora estaríamos pasando por una fase semejante en que el tecnofeudalismo estaría dejando atrás el capitalismo. Hablamos de tecnofeudalismo porque, similar al feudalismo, en que una persona sembrando en un terreno que le pertenecía al rey le tenía que pagar tributos para poder trabajar la tierra que no era suya, aquí pasa algo parecido con el conductor de Uber, entregador de Rappi, vendedor en Amazon o nosotros mismos como usuarios de redes sociales, que pagamos o con dinero o con nuestros datos para usar estos servicios. Con nuestros datos, trabajamos sin darnos cuenta para mejorar al algoritmo de forma perpetua: se consolida un puñado de empresas, se aplasta a la competencia y se crean monopolios.

Son los amos y señores de este nuevo sistema económico los que se acercan a Trump para que puedan seguir haciendo negocios sin leyes anti monopolio, agencias reguladoras u otros gobiernos soberanos como la Unión Europea que se interpongan. Con el Gobierno Trump no se tienen que preocupar de nada. Es un gana-gana para ambos lados, en el que las Big-Tech pueden seguir creciendo y la extrema derecha gana plataformas y legitimidad política para hacer circular discursos de odio de forma incuestionable.

Y a propósito, a 80 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, estamos debatiendo si el gesto antisemita de un miembro del Gobierno de Estados Unidos y la persona más rica del mundo, detrás de Tesla, de X/Twitter y de SpaceX, nos debería preocupar. Estamos hablando de los inmigrantes como si fueran animales que tienen que ser amarrados o hasta enviados a Guantánamo. Y estamos a punto de normalizar que los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBT y de otras minorías sean borrados, ni siquiera por una mayoría que decidió, sino con la complicidad de una minoría: los oligarcas, CEOs y máximos accionistas de las Big-Tech jugando del mismo lado de la extrema derecha más reaccionaria desde la segunda guerra mundial.


*Make America Great Again hace referencia a un pasado no muy lejano en que los Estados Unidos eran un país próspero lleno de oportunidades, en el que había trabajo para todos los hombres blancos de descendencia europea. Para todos los demás, descendientes de esclavos africanos, asiáticos, nativos americanos y mexicanos, llegó a haber toda una serie de leyes en las que los nazis se inspiraron para crear las Leyes de Núremberg, que serían las leyes racistas y antisemitas que le darían forma a la solución final propuesta por Hitler. Es una parte oscura de la historia de Estados Unidos que quedó olvidada tras la segunda guerra mundial, pero que fue rescatada por James Whitman en el libro Hitler’s American Model: The United States and the Making of Nazi Race Law. En el libro se cuenta que a comienzos del siglo pasado Estados Unidos ya tenía leyes muy avanzadas sobre discriminación. De hecho, cuenta el libro, antes de que a Alemania se le zafara un tornillo y se declarara abiertamente nazi, Estados Unidos era un clásico ejemplo de un país con una legislación racista.

Imagen: duncan cumming