Cuando en octubre pasado Hamas atacó a Israel y se inició una nueva escalada de violencia en el conflicto palestino-israelí, intenté ser muy prudente con los comentarios que hacía sobre el tema en redes sociales. No soy especialista del tema, y son décadas de confrontación, siglos de historia que hace falta entender para soltar cualquier comentario a la ligera como si se tratase de un partido de fútbol.
Mientras escribo esto, el Presidente de Colombia Gustavo Petro anunció que cortará las relaciones diplomáticas con Israel. Brasil acaba de retirar a su embajador. Esta semana se acaban de hacer públicos los detalles sobre un plan de alto al fuego entre las dos partes, lo que permitiría la liberación de rehenes y en el mejor de los casos volver al estado de las cosas a como eran hasta octubre pasado: un estado de guerra permanente con las armas silenciadas a ambos lados al menos por un instante.
Si bien estudiando periodismo en la universidad leí mucho sobre conflictos internacionales, y el haber crecido en un país en guerra me dio herramientas para entender el conflicto entre Palestina e Israel desde otras perspectivas, era relativamente poco lo que sabía del tema y procuré informarme mejor de octubre para acá. En 2021 había empezado a leer, pero recién terminé, el libro de El conflicto palestino-israeli: 100 preguntas y respuestas de Pedro Brieger, que hacía un análisis académico muy imparcial y objetivo sobre los orígenes del conflicto. Había que ir más de 100 años atrás en el tiempo para entender un poco mejor.
Los orígenes del conflicto
El libro de Brieger dejaba ver que palestinos y judíos ya tenían problemas para convivir juntos en un mismo territorio desde mucho antes, a veces desde tiempos bíblicos (ver vídeo de arriba), aunque no con los niveles de violencia que estamos viendo en 2024, en que más de 30.000 palestinos murieron en bombardeos del Ejército Israelí sobre Gaza, 1.200 civiles israelíes murieron y cerca de 200 civiles que fueron secuestrados por Hamas en octubre pasado que continúan en cautiverio. Esto sin contar el número de heridos, desaparecidos y desplazados por décadas.
Otra lectura que también me ayudó a entender fue La Caída de los Otomanos por Eugene Rogan. El Imperio Otomano (hoy Turquía) llegó a tener territorios en todo el Norte de África, el Golfo Pérsico y parte de Europa, siendo en su momento una gran potencia, con presencia en hasta 3 continentes diferentes. Dentro de este territorio estaban lo que hoy se conoce como Siria, Líbano, Israel, Jordania, Irak y Palestina, una olla a presión lista para estallar en cualquier momento, tras lo que sería una pésima planificación de las grandes potencias al final de las dos guerras mundiales.
Recordemos que tras el fin de la primera guerra mundial, en 1917, en que los otomanos/turcos perdieron la guerra, el Imperio se rompió en pedazos. Sus territorios serían repartidos y lo que en ese entonces se conocía como Palestina quedó en manos de Gran Bretaña, que no sabía muy bien qué hacer con eso. Ese territorio, que se conocía como Palestina y donde convivían árabes y judíos hacía siglos, sería el escogido por la ONU tras el fin de la segunda guerra mundial para crear el Estado de Israel en 1948. Muchos judíos sobrevivientes al holocausto migrarían para fundar un nuevo país, en el que esperaban nunca más sentirse perseguidos, como había pasado diversas veces a lo largo de la historia.
En paralelo, muchos palestinos serían expulsados de allí y nunca más regresarían a sus tierras ancestrales. Al final, Israel necesitaba de ese pedazo de tierra para existir.
El legado de dos guerras mundiales

Tras dos guerras mundiales, quedaba en el mapa una división de territorios. Después de leer sobre el tema, sigo sin entender muy bien cómo se hizo esa división: fue creado un Estado de Israel, que es reconocido por la comunidad internacional, pero lo que debería ser un Estado Palestino no es reconocido por la ONU como miembro permanente. Esto es algo que tiene que ser aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU, y hasta ahora los países miembros no se han puesto de acuerdo. El último intento de este año fue vetado por Estados Unidos. Hace unos días España, Irlanda y Noruega reconocieron unilateralmente al Estado Palestino. Desde entonces, décadas de guerra han ido modificando el mapa hasta el hoy irreconocible lado palestino siendo ocupado por Israel contra resoluciones de las propias Naciones Unidas como lo muestra la imagen de arriba.
El mapa como quedó tras la creación del Estado de Israel fue basado en la misma lógica que los imperios antiguamente dividían un territorio y se lo repartían como si fuera un pastel, sin tener en cuenta los siglos de historia que había detrás. La misma lógica que se usó para dividir África entre las grandes potencias coloniales o Latinoamérica entre los Imperios de España y Portugal, ahora se usaba para encontrarle un espacio a Israel. Estaban calentando a fuego lento una olla a presión.
Tras el fin de la primera guerra mundial, Francia y Gran Bretaña se pusieron de acuerdo para repartirse la región que hasta entonces hacía parte del Imperio Otomano, sin contemplar en absoluto todas las diferencias culturales y religiosas que se encontraban en esta parte del planeta desde hacía siglos. Solo trazaron un par de líneas y de la nada ahora existían países nuevos, que sería la misma lógica aplicada por la ONU años más tarde con Palestina e Israel.
Dicho de otra manera, lo que tenemos hoy son un Estado de Israel reconocido por la comunidad Internacional, por un lado, y por otro lado a Palestina, que está dividida entre la Franja de Gaza y Cisjordania, dos territorios separados geográficamente y cada uno con su propio Gobierno: la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania y Hamas en Gaza, esta última responsable de los ataques a Israel en octubre pasado y clasificada como una organización terrorista por varios gobiernos, al mismo tiempo que es un partido político que ha ganado elecciones. Es decir, Hamas tiene un brazo armado con el poder de atacar a otro Estado, y también cuenta con un brazo político que le permite participar en elecciones.
Un espacio para el diálogo

Hamas se fortalecería de 2006 en adelante con la muerte de Yasser Arafat, una figura que lograba contener los diferentes movimientos que buscaban el reconocimiento del Estado Palestino. El problema era que Hamas nunca reconoció la existencia del Estado de Israel. Por el contrario, lo prefiere ver destruido y por lo tanto no lo ve como un interlocutor válido para sentarse a negociar. Al tiempo que hay sectores dentro de Israel que ponen a la misma altura a civiles, mujeres y niños palestinos como si se tratase de terroristas de Hamás en potencia que merecen ser exterminados. De ahí que haya voces pidiendo que lo que pasa hoy en Gaza sea declarado un genocidio. En Srebrenica, en la guerra de Bosnia, 8.000 víctimas mortales fueron suficientes para otorgarle ese calificativo.
Si ambos lados no se reconocen el uno al otro, no hay poder humano sobre la tierra que los haga hacer entrar en razón para que lleguen a algún tipo de acuerdo. Los dos parten del presupuesto de que el otro ha de ser destruido. De octubre para acá no se han puesto de acuerdo ni siquiera para poner un alto al fuego y hacer un intercambio de rehenes.
Si bien condeno los actos de violencia vengan de donde vengan, lo que me molestó desde el comienzo en octubre fue leer opiniones de personas en redes sociales, tomando partido, sin saber siquiera dónde quedan Israel o Palestina en un mapa. Mucho menos se iban a dar el trabajo de entender cuál es la diferencia entre Palestina y Hamas o la OLP, así como otros movimientos y figuras que han hecho parte de los siglos de historia de este conflicto.
Mientras escribía este texto, terminé de leer el libro Hijo de Hamás, escrito por Mosab Hassan Yousef, hijo de uno de los fundadores de Hamas y colaborador del servicio de inteligencia de israelí durante mucho tiempo. Para muchos en su pueblo natal, se trata de un traidor convertido al Cristianismo. Para quienes estamos lejos físicamente del conflicto, es un interlocutor válido de ambos lados y quizás de las pocas personas que se pueda poner en los zapatos de los dos lados sin el deseo de querer acabar con el otro. En vez de eso, Yousef prefirió dejar las armas y compartir su testimonio. Según él, del cristianismo aprendió a amar a sus enemigos. Y Como dice una canción de Anti Flag:
I don’t wanna die (No quiero morir)
I don’t wanna kill (No quiero matar)
We are all human (Somos todos humanos)
It’s time to prove it (Es hora de probarlo)
911 for Peace – Anti Flag
Quizás no lo sepan, pero cuando el Imperio Otomano entró en la primera guerra mundial, algunos jóvenes que no querían ir para la guerra fueron a parar al norte de Colombia en la costa caribe. El libro de La Costa Nostra, escrito por la periodista Laura Ardila cuenta que muchos se subían a un barco sin siquiera saber adonde iban a ir a parar. Querían llegar a América y algunos terminaron en Colombia, que dio la casualidad de contar al norte del país con unas condiciones climáticas semejantes a las de su país de origen. Shakira tiene raíces árabes. Varios clanes políticos como los Char en Barranquilla comparten estos orígenes. Yo probablemente tenga algún vínculo por historias que se cuentan dentro de mi familia. Incluso estando al otro lado del mundo, todos estamos marcados de alguna forma por el conflicto entre Israel y Palestina.
Imagen: Zoriah
