28 de agosto de 2012

El discurso que no di

Si todo sale como lo tenía planeado, cuando esta entrada sea publicada yo ya me habré graduado como Comunicador Social y Periodista, algo que me tomó más de 4 años de estudio y dedicación. Por tal motivo, hace unos 15 días recibí una llamada de mi Facultad en la que me anunciaban como candidato para dar el discurso de la ceremonia en la que nos graduábamos como profesionales las Facultades de Comunicación y de Derecho. Finalmente alguien presentó una propuesta mejor, no lo dudo, por eso les dijeron a varias personas, pero ante las ganas de haber dado unas palabras de agradecimiento y de despedida sólo me queda regalarles esto que escribí a Dios, a mi familia, a mis amigos y a todos los que me han ayudado en algún momento de mi educación.

Copia textual de mi propuesta de discurso:

Cuando me preguntaron si aceptaba dar el discurso de esta ceremonia de graduación hace menos de 2 semanas acepté sin dudarlo aunque duré varios días pensando qué iba a decir, no tenía ni idea por dónde empezar, sobre todo porque debía dar unas palabras no solo en nombre de mis compañeros de la facultad de comunicación, sino que debía hablar también en nombre de quienes hoy se gradúan como abogados, personas con las que seguramente nunca me senté en un salón de clases.

Al final llegué a la conclusión de que eso no era importante, después de todo, lo que nos une es que al final de esta ceremonia todos habremos cruzado por esa puerta y podremos decir que somos egresados de la Universidad de La Sabana, algo que realmente poca gente podrá decir algún día. O si no piensen con cuántos más entraron a estudiar en primer semestre y luego miren a su alrededor para que se den cuenta de que ustedes sí lo lograron, a diferencia de muchos que uno al comienzo no sabía cómo habían entrado a la universidad, otros que se cansaron y dieron un paso al costado en algún momento, o los que se dejaron vencer por un examen de inglés cuando ya habían superado lo más difícil. Antes de continuar, déjenme contarles una historia:

Cuando entré en primer semestre a la universidad, tenía el sueño de algún día irme del país. No sabía por qué, cuándo, ni para dónde pero eso era lo que yo quería. Dos años antes había ido a un mundial de fútbol en Alemania y mi vida comenzó a girar en torno a esa idea. Recuerdo que unos años más tarde mis papás me dirían que no me iban a mandar nunca más de vacaciones a ningún lado. Yo en mi cabeza dije “ya veremos”. Durante el primer año de la universidad entré a estudiar francés. A mí no me gustaba ese idioma pero tarde o temprano me di cuenta de que eso me abriría muchas puertas si realmente yo quería alcanzar lo que quería. Duré más de tres años aprendiéndolo, y no contento con haber llegado hasta el último de los niveles y haber aprobado todos los exámenes que exigía la universidad para decir que yo sabía francés, decidí continuar estudiando por fuera de la universidad al tiempo que debía cumplir con mis deberes como estudiante. Salía de aquí cansado, sacrificaba mucho de mi tiempo libre pero yo en el fondo pensaba que debía terminar algo que al comienzo me había comenzado. 

Por esa misma época, hace más de 2 años, hablando con alguien en kioskos, la cafetería donde nos salíamos reunir antes de la inundación los que estudiamos comunicación, me contaron de alguien que envió miles de correos a canales de televisión en Argentina hasta que alguien le respondió y lo logró. Desde ahí me obsesioné con esa idea. Me faltaba todavía como la mitad del pénsum de la carrera y yo ya estaba pensando en qué iba a hacer en mi último semestre como estudiante. No sabía cómo ni a dónde me iba a ir pero sí sabía cuándo: la posibilidad estaba abierta. Averigüé, pregunté, toqué puertas y no conseguí nada, estaba igual que al comienzo. No tenía ni idea por dónde empezar a buscar. Fue más bien en esos dos años que me faltaban que de a poco fui hablando con gente conocida que me dio ideas, que conocían gente que había pasado por lo mismo o que tenían los mismos planes.

Hace algo más de un año, cuando me faltaban todavía dos semestres de materias, tuve la oportunidad de entrevistar telefónicamente, mientras hacía un reportaje de radio, a un miembro del Parlamento Europeo, que queda en Bruselas, y desde ese momento me convencí y me dije a mí mismo: voy a hacer la práctica profesional en el Parlamento Europeo en Bélgica, sobre todo por la facilidad que tenía con el idioma que había estado aprendiendo. Desde ahí comencé a mandar cientos de correos. Sólo quedaba esperar. 

En diciembre pasado, cuando ya habíamos acabado materias y estábamos en el proceso de buscar una buena práctica para dejar una buena impresión en nuestra hoja de vida, yo estaba entre la espada y la pared. Mientras mis compañeros ya tenían un buen trabajo y nuevas responsabilidades durante los próximos 6 meses, yo estaba en vacaciones por tiempo indefinido, levantándome al medio día, mientras ellos trabajaban y ganaban dinero. Ya en ese momento no sabía si esperar una respuesta o ponerme a buscar trabajo en serio. En uno de esos días, a mediados de diciembre, recibí el correo en el que me decían que había sido aceptado para ir al Parlamento Europeo a hacer un internship, que es como se le dice en inglés a lo que nosotros llamamos práctica. Debía estar allá el 2 de enero de este año. Al final, por problemas que tuvimos con la embajada de Bélgica en Colombia, me negaron la visa. Nunca antes de ese día había sentido las consecuencias de llevar una etiqueta en la frente que diga: soy colombiano.  

Eso me derrumbó, era para lo que me había estado preparando durante los último 4 años y ni siquiera sabía qué me iba a poner a hacer. Estaba desempleado y tenía la presión de la universidad y de mis amigos que me preguntaban todos los días si ya había conseguido algo. Fue un día de esos que recibí una llamada en mi casa. Era de la OEA en Washington preguntándome si quería hacer una pasantía allá. Me acordé de los miles de correos que había enviado y menos de un mes después estaba montándome en un avión rumbo a Estados Unidos, donde vivi durante unos meses el semestre pasado. 

He repasado en mi cabeza esta historia que les acabo de contar tantas veces hasta hoy, que después de todo he llegado a una conclusión, y es que si algo me ha enseñado la vida hasta ahora es que si las cosas no salen bien en algún momento dado, seguramente saldrán mucho mejor más adelante. Dicho de otra manera, por más que las cosas vayan mal en algún momento, no nos desesperemos, porque si nosotros mismos tenemos claro para dónde vamos, no hay fuerza que pueda derrumbar nuestros sueños. Por favor nunca se cansen de perseguirlos. 

Solo me queda dar las gracias antes de terminar a Dios, a mi familia que está hoy acá, a mis papás, a mi hermano, a todos, por ser modelos a seguir, a mis compañeros por estar siempre pendientes de mí y a algunos profesores que no están hoy acá pero que se esforzaron tanto como yo para que yo esté aquí parado: a Miguel Reyes, a Juan Camilo Hernández y a Juan David Cárdenas. Y los que me conocen no me perdonarían si me voy de acá sin darle un agradecimiento a La Fiore, nuestro equipo de fútbol desde primer semestre, que más que eso representa al grupo de amigos que hice en la universidad y a la gran familia que hoy somos. 

Por último, por ser la última vez que nos vemos, déjenme desearles suerte como profesionales, como amigos, como hermanos y como hijos. 

 Gracias

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