Hay una delgada línea, casi invisible, que separa a la censura con la responsabilidad de un medio que se niegue a publicar algo que resulte inconveniente. Déjenme darles dos ejemplos: 1) Hace unos meses, Alejandra Azcárate, periodista, actriz y comediante colombiana escribió una columna para la revista Aló en la que hizo algunas bromas sobre las mujeres que estaban un poco pasadas de peso. Ella las llamaba gordas y eso ofendió a mucha gente. 2) Y me acabo de encontrar una columna de opinión en la página de Cartel Urbano en la que de forma ofensiva la autora se refiere a la gente pobre y que desgraciadamente tiene que salir a pedir dinero a la calle, a subirse a los buses a explicar su situación o que en algunos casos, de manera creativa, acuden al arte para ganarse unos pesos. ¿Qué tienen en común estas dos columnas? Que, sin querer o no, eso no lo sabemos, resultan ofensivas para un grupo determinado de personas. Y es tan sencillo para cualquier medio masivo de comunicación lavarse las manos con la excusa de que las opiniones allí expresadas no comprometen su línea editorial o que no se hacen responsables de lo que sus invitados digan. Algo irresponsable tratándose de medios que cuentan con miles de lectores. ¿Qué posición deberían entonces asumir éstos ante este tipo de casos?


 La respuesta a la anterior pregunta no es sencilla si tenemos en cuenta que no dejar que alguien exprese su opinión podría ser tachado de un acto que va en contra de la libertad de expresión, pero también hay que reconocer que es muy simplista la posición de los medios que solo se limitan a escribir en negrilla una simple advertencia de que el responsable de que lo que allí se diga es el autor y no el medio. ¿Y qué si pasamos a mayores y las palabras en cambio incitan a la violencia? Al medio le cabe la responsabilidad de decidir quién escribe y qué escribe. Nadie puede ir a un periódico de tiraje nacional y pedir que le dejen escribir. Para eso hay filtros antes de contratar a cualquier persona en una empresa, y no estaría mal que en casos como éste todas las opiniones fueran revisadas antes de que lleguen al público.

Es tan simple como decir «yo soy dueño de este periódico y eso no lo vamos a publicar». Hasta yo he tenido que hacer eso con los comentarios que a veces me encuentro en este blog o en alguno de los videos que he subido a YouTube y puede deberse a varias razones. Si un usuario está ofendiendo a otro, por ejemplo, es mejor acabar con esa pelea antes de que empiece e incomode a los de más usuarios, que espantar a la gente, sobre todo cuando la simple opinión pasa a insultos dirigidos a otras personas. Y en algunos casos me he tenido que aguantar que me ofendan a mí. Antes no sabía cómo lidiar con este tipo de situaciones. Luego tomé la determinación de que por lo menos en los medios que yo maneje hay unas reglas mínimas de convivencia, y al que no le guste puede irse a otro lado a expresar esa misma opinión. Me queda humanamente imposible silenciar a alguien.

No estoy poniéndome del lado de la censura porque sé lo que es eso. Se trata de que un medio de comunicación debe ser responsable, y debe reconocer que hay unas normas mínimas de convivencia. La responsabilidad va más allá de lavarse las manos con dos líneas en negrilla cada vez que alguien no sabe usar las palabras correctas. En esos casos, el medio puede simplemente negarse a publicar una opinión hasta que no se revise el lenguaje utilizado. Finalmente aplazar para un momento más oportuno la publicación de una columna de opinión cambiándole las palabras no es censura, pues la idea sigue siendo la misma.
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