Hace un par años, por allá en el año 2015, cayó en mis manos un libro titulado Startup Nation: la historia del milagro económico israelí. Escrito por Dan Senor y Saul Singer, el libro contaba la historia de cómo Israel, que tras ser fundado en 1948 y vivir en guerra permanente contra todos sus vecinos, había pasado de tener absolutamente nada en medio del desierto a ser una promesa de la industria de la tecnología como lo era Silicon Valley en Estados Unidos.
Esa vez escribí un texto en el que comenté mis impresiones sobre el libro, y el tema me llegó a llamar tanto la atención, que tiempo después me interesé por las empresas de tecnología de Israel y hasta apliqué a un par de oportunidades de empleo en compañías que tenían operaciones en Brasil.
Si bien para mí el tema murió un tiempo después, me había sido imposible ignorar que Israel tenía como credenciales a empresas como Waze, Wix, Fiverr o Monday.com, junto al hecho de que en esa época estaba de moda hablar de Startups y emprendimiento sin todavía hablarse de su lado más sombrío, del cual también escribí por aquí. Aún no habíamos llegado al punto de quiebre, que fue cuando con la ayuda de algoritmos y noticias falsas, Donald Trump ganó su primera elección en Estados Unidos y el Brexit sacó al Reino Unido de la Unión Europea en 2016.
Después de todo esto, las redes sociales solo irían de cuesta abajo, pues se volverían inutilizables un par de años después. Tendría que pasar una pandemia global para que hoy Twitter ni siquiera exista e Instagram haya cambiado tanto, que vemos más contenido de influenciadores, marcas e inteligencia artificial, que de personas a las que conocemos en persona. La nueva red social Sora 2 de OpenAI, creadora de ChatGPT, es como un TikTok 2.0 de únicamente vídeos falsos.
Israel y los fabricantes de armas contra Palestina
Diez años después, y tras los ataques terroristas de Hamas el pasado 7 de octubre de 2023, el tema de Israel volvía a estar en boca de todos. La misma semana en la que empiezo a escribir esto, el Reino Unido, Francia, Australia y Canadá habían reconocido al Estado Palestino. Durante los últimos 24 meses, y tras la muerte de 766 y secuestro de 251 ciudadanos y soldados israelíes por parte de Hamas, Gaza no ha salido de la primera página de toda la prensa internacional. Israel, que cuenta con uno de los ejércitos mejor preparados del mundo, se puede dar el lujo de bombardear un hospital entero lleno de civiles en territorio palestino, con tal de dar de baja a un solo terrorista. A Israel no le va a temblar la mano si entre las víctimas hay ancianos, mujeres o niños. Al final, tienen el aval de los Estados Unidos y de Alemania, que aún no reconocen al Estado Palestino ni condenan lo que en otro lugar del planeta sería llamado de genocidio.
Recién la semana en que termino de escribir esto, se acordó un cese al fuego. Antes de la hora cero, Israel seguía bombardeando Gaza.
Aunque este tema lo he seguido desde hace muchos años, de hecho llegué a escribir un post el año pasado sobre los orígenes del conflicto árabe-israelí y cómo todo esto se conectaba con la caída del Imperio Otomano hace más de 1 siglo, este año tuve la oportunidad de leer Laboratorio Palestina, libro escrito por Antony Loewenstein. Judío no practicante de raíces alemanas y austriacas, parte de su familia fue víctima del holocausto, lo cual le da una posición privilegiada para escribir de forma crítica sobre la industria militar del Estado de Israel. A lo que hace unos años se le dio el nombre de Startup Nation, Loewenstein lo destapa al exponer cómo la tecnología de empresas de seguridad y fabricantes de armas israelís han estado al servicio de dictaduras y regímenes anti democráticos alrededor del mundo en los últimos 80 años, como los movimientos anti insurgentes en América Latina durante la guerra fría, Sudáfrica durante el Appartheid, el genocidio de los Rohingyas en Myanmar o la Rusia de Vladimir Putin, por mencionar algunos.
Recuerdo haber leído en el libro de Mi Confesión, la autobiografía de Carlos Castaño, uno de los fundadores del paramilitarismo en Colombia, cómo este admiraba al Estado de Israel por la forma en que estos defendían su territorio y la forma en que veían a su propio país. El proyecto de Castaño, con lo que fueron las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), un movimiento armado de extrema derecha, llegó a recibir apoyo venidos de Israel en su aventura anti comunista en la que murieron más de 50.000 civiles, número superior al de cualquier dictadura del cono sur. El caso de Yair Klein, mercenario israelí que entrenaba grupos paramilitares en Colombia en los años 80, es un ejemplo de lo que Loewenstein explica en el libro: conocimiento y tecnología exportados al resto del mundo para alimentar con gasolina conflictos de terceros y al mismo tiempo mover la economía de ese país. Todo eso se escondía detrás de la Startup Nation, un término muy peculiar para describir una industria armamentista que ya no vende solo armas, sino también herramientas de tecnología e inteligencia.
Lo que más destaca Loewenstein, y que de hecho es lo que le da el nombre al libro, es que muchos de los fabricantes de armas israelíes, mencionan en su propuesta comercial que sus productos han sido probados en campo, especialmente en Gaza y Cisjordania, como si de un laboratorio se tratase, y que por tanto su eficiencia está garantizada. Si no son dictaduras y regímenes autoritarios alrededor del mundo, Palestina en sí es un laboratorio en el que se pueden probar armas con blancos de carne y hueso.
¿De qué van a sacar pecho los fabricantes de armas utilizadas todo este tiempo? De que para dar de baja a un solo terrorista había que dar de baja un barrio entero lleno de civiles palestinos…
Tecnologías de ayer y de hoy
Si hoy nos parece absurdo que algo como el muro de Berlín haya existido durante casi 30 años, finjamos sorpresa de que alrededor de Gaza haya un muro del que no entra ni sale nadie sin intermediación tecnológica. Es algo mucho más complejo que una simple pared con guardias en las entradas. Ni siquiera las flotillas de ayuda humanitaria pudieron llegar por mar a su destino final hace solo un par de días. Todos sus tripulantes recibieron trato de colaboradores con el terrorismo, presos y deportados a sus países de origen.
Mucha de la tecnología que hace que esto sea posible ya es usada por el ICE en Estados Unidos para perseguir no solo a inmigrantes, sino a quien no parezca americano por su color de piel o acento. Hasta el momento, cerca de 350.000 inmigrantes habían sido deportados en lo que va del segundo gobierno Trump.
El gran complejo militar de Israel no se debe solo a la fabricación y exportación de armas convencionales. Estamos en una fase en la que la tecnología y la inteligencia cumplen un papel crucial, pues es posible desestabilizar social y económicamente a un país entero sin matar a una sola persona de forma violenta si el sistema eléctrico o de comunicaciones de un país son vulnerables a un cyber ataque. Lo que en algún momento veíamos como una posible tercera guerra mundial durante la guerra fría con armas nucleares, hoy puede ser reemplazado por una guerra cibernética.
En la serie de Mr. Robot veíamos una guerra fría entre Estados Unidos y China en que no había ejércitos de por medio como protagonistas, sino ataques a gran escala al sistema financiero de Estados Unidos. Eran ejércitos de hackers equipados con una gran inteligencia, que de vez en cuando la usaban también para perseguir a delincuentes detrás de un teclado, como en la escena a continuación.
En 2016 escuchamos hablar por primera vez de Pegasus. Se trataba de una herramienta que en su momento fue usada por organismos de inteligencia en México, Hungría, Polonia y Arabia Saudita, entre otros gobiernos democráticos y autoritarios para perseguir a periodistas, opositores políticos y defensores de derechos humanos. La herramienta aprovechaba vulnerabilidades del sistema operativo del celular para instalarse y tener control sobre todo lo que hubiera dentro del teléfono sin que el usuario se diera cuenta: mensajes, fotos, cámaras, cualquier aplicación. El inventor de Pegasus era una empresa israelí llamada NSO Group, que lo exportaba como Software a gobiernos de todo el mundo. Algunas veces, para hacer menos transparentes sus operaciones, los pagos se hacían en efectivo, como fue el caso de Colombia, del que hasta ahora poco se sabe cómo o contra quién se llegó a usar.
A todo esto le sumamos las revelaciones de Edward Snowden, que en el año 2013 expuso como la NSA tenía el poder de monitorear todas las comunicaciones no solo de cualquier ciudadano americano, sino que había interceptado las comunicaciones de gobiernos de todo el mundo. Hay quienes se muestran despreocupados de estar siendo espiados porque no tienen «nada que esconder», pero el problema no es ese. El problema es cómo ese poder podría ser usado en nuestra contra en algún momento por pensar diferente.
Todo esto se presta para que haya abuso de poder. No seamos tan inocentes de creer que las dictaduras del cono sur solo perseguían a sus opositores políticos. Perseguían a la familia entera de la persona por la simple sospecha de conocer a alguien dentro de la lucha armada. La aclamada película brasilera Aún Estoy Aquí, ganadora del Óscar a Mejor Película Internacional, cuenta la historia de Marcelo Rubens Paiva, ex político desaparecido por la dictadura de Brasil por una simple sospecha y sin siquiera un proceso justo.
Los abusos a los que herramientas de tecnología e inteligencia se pueden prestar son tales, que la propia Microsoft, que les presta servicios en la nube a Unidades Militares del Ministerio de Defensa de Israel, tuvo que cortarles algunos servicios porque estos se estaban usando para almacenar de forma masiva llamadas telefónicas de ciudadanos palestinos, lo cual estaba prohibido por los propios términos del servicio de Microsoft. Es decir, una de las empresas de tecnología más poderosas del mundo, cuya infraestructura se usa públicamente para fines militares, sabe que existen límites. Los servicios de inteligencia de Israel no lo sabían (!)
1984, el capitalismo de la vigilancia
La periodista Kashmir Hill, en su libro Your Face Belongs to Us, habla de una startup americana llamada Clearview, que usaba todas las imágenes públicas que había en Internet y en redes sociales para crear un sistema de reconocimiento facial al que era posible subir una foto de alguien y la herramienta iba a devolver todas las fotos públicas que hubiera de esa persona, así como otras informaciones que se podían cruzar para investigaciones, sin la necesidad siquiera de haber una orden de un juez de por medio. En algunos casos el sistema cometía falsos positivos y una persona podía ser confundida como culpable de algún delito, lo cual era más probable de suceder con personas de piel oscura, pues el sistema no tenía tantas fotos en todos los tonos de piel para tener la misma precisión al momento de su inteligencia artificial ser entrenada, lo cual reforzaba las tendencias racistas de las sociedades bajo las cuales estos sistemas son concebidos.
En la era del capitalismo de la vigilancia, en que nuestros datos se usan como moneda de cambio para que usemos servicios gratuitos a cambio de «nada», nuestros datos se están usando en tiempo real en este momento para alimentar a alguna tecnología que bien podría ser usada en nuestra contra.
Me resulta curioso cómo el libro 1984 de George Orwell pinta un futuro distópico en el que el Gran Hermano nos vigila a todos contra nuestra propia voluntad, cuando esto ya sucede y somos conscientes de ello. Y no solo eso, sino que lo incentivamos. Seguimos regalando nuestros datos y lo hacemos con el mayor gusto del mundo. No podemos pasar un día sin entrar a Instagram, a TikTok o a YouTube, plataformas a las que no solo les vamos a entregar nuestras fotos, nustros likes, nuestros clicks y nuestro valioso tiempo, sino que también van a ser los canales predilectos de desinformación para que de forma desapercibida nos llegue contenido tendencioso que nos haga dudar sobre nuestras propias creencias y formas de ver el mundo. De esta dinámica se alimentan algoritmos, inteligencias artificiales, startups y estados de la vigilancia en potencia, que pueden saber todo de nosotros mientras fingimos sorpresa. Nos conformamos con decirnos a nosotros mismos que «no tenemos nada que esconder» (…).
Imagen: Photon™
