Si de 10 años para acá tuvimos la popularización de los teléfonos inteligentes, los últimos 5 trajeron cambios acelerados sobre cómo nos comunicábamos dentro de estos dispositivos. El pasado 15 de mayo, Facebook anunció la adquisición de Giphy, el servicio que funciona como una biblioteca de Gifs para otras plataformas. Giphy se suma a la larga lista de compañías adquiridas por Facebook en su intento por darle forma a nuestra cultura popular, por donde ya han pasado Instagram, WhatsApp, Oculus VR y MSQRD, entre otras.

Solo lo hecho por Facebook con estas adquisiciones ha dado forma en gran parte a como nos comunicamos hoy en día. Y lo más seguro es que de aquí a 10 años todo funcione de forma completamente diferente. Eso es lo que el siglo XXI nos ha eseñado.

A las adquisiciones de Facebook habría que sumarle sus intentos por apropiarse de formatos por otros inventados como lo son las Stories, que aparecieron por primera vez en Snapchat, pero que se popularizaron gracias a Instagram, o los Facebook Avatars, que no son más que una copia de los Bitmojis de Snapchat.

Si hasta aquí solo hemos hablado de cómo las propiedades de Facebook le dan forma a la comunicación global, no podemos dejar de lado lo que han hecho otras compañías. Zoom en menos de un semestre puso a todo el mundo a hablar por videoconferencias como no lo habían podido hacer otras plataformas más antiguas. Ni siquiera Skype o Google Hangouts con más tiempo de vida habían popularizado las videollamadas a este nivel. Slack también creció en medio de la pandemia. Solo en el mes de marzo sumaron 7.000 clientes de pago (empresas) que tuvieron que migrar su comunicación diaria a canales online.

Todo lo que iba a pasar en los próximos 10 años se aceleró de forma dramática a raíz del coronavirus, del que hablamos en un post anterior, y eso es lo que estamos experimentando con todas las formas de comunicación en estos momentos. No nos olvidemos, sin embargo, de otros cambios que ya venían sucediendo hace unos años: la muerte del periodismo impreso, la explosión de las #FakeNews, los bots desgastando el debate político en Twitter, la proliferación de plataformas de mensajería instantánea, el crecimiento de YouTube y Netflix, el estancamiento de la televisión.

Nuevos retos: autovigilancia y calidad informativa

Uno de los mayores retos hoy lo tienen las plataformas sociales, más específicamente Facebook, Twitter, Instagram y YouTube, que cumplen un papel muy importante en las democracias occidentales. No nos olvidemos de las elecciones de Trump, Bolsonaro, el Brexit o el plebiscito por la paz en Colombia. Lo que todas estas elecciones tuvieron en común fue la parte sucia que se jugó en todas estas plataformas, con diseminación de noticias falsas y uso de bots para banalizar el debate.

A todo esto Facebook respondió con nuevos procesos obligatorios para quien quiera correr anuncios relacionados con temas políticos, con verificaciones de identidad que en elecciones previas a 2019 no existían. Twitter, por su parte, anunció que los anuncios relacionados con asuntos políticos quedarían prohibidos en la plataforma y Google actualizaría su política de anuncios, limitando las segmentaciones relacionadas con filiación política y registros de votación.

Para sorpresa de todos, el pasado 31 de marzo Facebook dio de baja una publicación de Jair Bolsonaro por divulgar información falsa que podría poner en riesgo la vida de personas. Twitter había hecho lo mismo antes con 2 publicaciones. Todo esto nos da una luz de esperanza de que en algún momento las plataformas empiecen a vigilar más todo aquello que allí dentro sucede. Habrán de tener mano firme con todos los contenidos que puedan ser perjudiciales para las democracias y la salud pública de las personas, como es el caso de los anti vacunas. Esto mismo ya lo hacen cuando alguien sube contenido que pueda violar los derechos de autor de alguien o imágenes explícitas de desnudos. ¿Por qué no hacer lo mismo con información falsa/peligrosa?

Mientras todo esto pasaba, vimos de cerca la muerte del periodismo impreso y el estancamiento de la televisión, con lo cual muchos medios tendrán que cerrar sus puertas, lo cual es muy delicado para la labor periodística de ser un punto de equilibrio como el cuarto poder. Esta misma semana Vice, que es un medio digital, despidió a 150 de sus colaboradores y culpó de la crisis a Facebook y a Google, que tienen concentrado cerca del 60% de la inversión publicitaria. Esto, por otro lado, abre otras oportunidades hacia medios de comunicación independientes que encuentren modelos de negocio sostenibles.

Hoy podemos pensar en todos los periódicos online que han implementado exitosamente un Paywall mientras entregan información de la más alta calidad. Recordemos que el Paywall es un muro que se encuentran los usuarios para acceder a ciertos contenidos a menos que paguen. The Information (vídeo abajo), un medio que cubre tecnología en profundidad como ningún otro sitio en Internet lo hace, a cambio de una suscripción anual de $400 dólares o The Intercept, que hace labor investigativa en temas políticos y se mantiene con donaciones, son algunos ejemplos. Otros medios más tradicionales como Economist, Folha de São Paulo y Washington Post han logrado implementar el Paywall de forma exitosa sin poner en riesgo la calidad periodística, lo cual además les da independencia frente a los anunciantes y gobiernos, que solían amenazar a los medios con retirarles toda la pauta publicitaria si llegaban a hablar mal de ellos.

De hecho, como mencionaba antes, mucho de ese dinero que solía invertirse en medios impresos fue migrando hacia las redes de Google y Facebook, que hoy tienen un duopolio de publicidad online. De eso hablé por primera vez en 2015 y los medios no han parado de perder ingresos. Piensen en el estado de los medios de comunicación que dependían de estos presupuestos para existir. Lo que esto va a generar es que si bien tendremos menos medios de comunicación, las nuevas formas de financiarse blindarán la información a la que seguiremos teniendo acceso.

Al mismo tiempo, todos esos medios que dependían del número de clicks para mendigar dinero de los anunciantes van a desaparecer porque el propio Facebook los va a mandar a la parte más baja del Feed de noticias. En algún momento se van a quedar sin números para mostrar. Es lo que los liberales explican cuando dicen que «el mercado se regula a sí mismo». El desafío de los nuevos medios que vayan surgiendo será entender cómo las personas se informan realmente y usar esto para adquirir nuevos lectores de pago.

Esto también trae ciertos riesgos relacionados con la proliferación de portales de noticias falsas, pero creo que esto lo regulará el propio mercado a mediano plazo. De esto tenemos el ejemplo de Sleeping Giants (vídeo abajo), que busca anuncios en sitios de noticias falsas y cuestionan públicamente en Twitter a las marcas que se estén anunciando allí. La mayoría los acaba retirando y el sitio se desmonetiza.

Lo curioso es que todos los anuncios que aparecen en este tipo de sitios los propios anunciantes ni siquiera sabe que están apareciendo allí. Esto es posible gracias a la tecnología de Google Adsense, que promete mostrar anuncios en su red de anuncios en millones de sitios aleatorios. Y aunque en 2016 dijjeron que no aceptarían trabajar con sitios de noticias falsas, esta semana Sleeping Giants en Brasil hizo que 59 anunciantes retiraran su pauta de un sitio afín a la línea ideológica de Jair Bolsonaro, que en reiteradas ocasiones en lo que va de la pandemia ha divulgado noticias falsas sin hasta ahora haber sido penalizado por Google.

El costo de la información

Si hoy compartimos un link de una noticia en nuestro perfil de Facebook, lo más seguro es que muy pocas personas lo lleguen a ver o a darle click, a diferencia de si compartimos fotos. Pasa lo mismo con el contenido publicado por páginas. Todo esto al final fue una limpieza monumental para que no tuviéramos acceso a noticias desde Facebook, sino a contenido que generara interacciones, por más banal que fuese. Al final, nadie debería esperar informarse entrando a Facebook, lo que es un duro golpe para los medios de comunicación en línea, que no pueden contar hoy con Facebook como fuente de visitantes a menos que inviertan dinero en la plataforma. Al final del día, esto se hizo para mejorar la experiencia de los usuarios y que estos pasaran más tiempo viendo contenido banal de otro tipo (fotos, vídeos, memes, anuncios).

A lo que todo esto nos lleva es a entender el comportamiento de los usuarios que optan por mantenerse informados. Si no usan Facebook para informarse, ¿cómo lo hacen? Tienen medios de referencia y están dispuestos a pagar caro por acceder a ellos. Amazon, Netflix y Spotify ya nos daban señales hace años de que el periodismo tomaría el mismo rumbo. Si queremos leer un libro, lo compramos en un Kindle. Si queremos ver una serie, pagamos la mensualidad de Netflix. Si queremos escuchar un nuevo álbum, nos damos de alta en Spotify Premium. ¿Por qué el periodismo iba a ser diferente?

Es claro que los caminos para hacer todo esto gratis, sin pagar un centavo, también existen. Podemos buscar obras gratuitas para leer, pero vamos a tener más trabajo buscándolas, o ni siquiera van a estar disponibles. Podemos usar torrents para bajar películas, pero ese trabajo de buscar un torrent y descargarlo es justamente por lo que Netflix y Spotify valen la pena. No nos tenemos que esforzar ni perderemos el tiempo. Un periodismo de calidad tendrá el mismo costo.

Lo que podemos esperar que empiece a pasar en los próximos años es que Internet mejore su capacidad de limpiar la información que por allí circula. Y la información de calidad va a ser cada vez más cara para acceder. Si como hemos visto en este primer semestre de 2020 muchos cambios tecnológicos se aceleraron a raíz del coronavirus, como es el caso del trabajo remoto o el crecimiento del comercio electrónico, los filtros por los que deberá pasar la información que llega a grandes audiencias también tendrán que mejorar.

No nos olvidemos que desde sus inicios Internet ha estado basado en comunidades, que en sus inicios exisitían en foros y blogs. Esas comunidades luego pasaron a existir en redes sociales, en su gran mayoría de forma pasiva, más consumiendo contenido que generando. Esas comunidades, que ya llevan más de una década establecidas, comenzarán a ser más exigentes para que las propias plataformas sean más rigurosas con la información que estas permiten circular.

Esto ya lo vimos posterior a las elecciones de Estados Unidos de 2016. Facebook, Twitter y Google implementaron cambios drásticos. Pero por otro lado, esas comunidades también pueden trabajar juntas, como vemos en el caso de Sleeping Giants, desmonetizando redes de sitios de noticias falsas o identificando bots para que sus agendas políticas dejen de circular.

Gran parte del éxito de que Facebook sea lo que es hoy es porque desde sus inicios las personas tenían que ser representadas con su nombre y amistades reales. La reputación de todos estaba en juego. De esta forma, las personas se tienen que preocupar un poco más por lo que publican en Internet y cómo se informan. Y quien vaya en contra de estas normas de convivencia quedará marginado del resto de la Internet. Las propias plataformas y sus comunidades, los usuarios, pueden encargarse de ello.

Imagen: laijos